¿Qué fue del Plan Conectar Igualdad?

El proyecto local -que siguió el camino de otros proyectos OLPC en la región, como Ceibal en Uruguay- se relanza con algunas diferencias: se mantiene el doble booteo y se bajan los costos pero resignando desarrollos locales.

por Federico Poore
Information Technology, julio 2017

Más económico pero menos nacional. Así es la versión 2017 del plan Conectar Igualdad, que luego de un período de transición volvió a tomar fuerza en mayo con las entregas de netbooks a estudiantes de colegios secundarios. En el interregno, el hermetismo sobre el futuro del proyecto fue total pero, aun así, se puede dibujar una radiografía del programa que, a simple vista, presenta cambios con la versión anterior.
Primer dato saliente: el organismo encargado de su implementación ya no es más la Anses sino Educ.ar, una sociedad del Estado que depende del Ministerio de Educación. El traspaso de un organismo a otro (según el gobierno, “para articular mejor este programa con otros proyectos de tecnología educativa”) incluyó despidos en el área y estuvo acompañado por la preocupación de sectores vinculados al movimiento de software libre de que el Estado abandonara el menú de doble booteo. Sin embargo, esta opción—si es que existió— fue descartada, según confirmó la máxima autoridad del área. “Las netbooks seguirán incluyendo el doble booteo con Windows y Huayra tal como se viene realizando hasta ahora”, explica a INFOTECHNOLOGY Guillermo Fretes, titular de Educ.ar.
Desde sus inicios en 2010, la versión local del proyecto One Laptop Per Child (OLPC) ya otorgaba la opción de elección de sistema operativo. De hecho, el stock de netbooks que el Estado estuvo entregando hasta hace poco incluía Windows 8.1 y Huayra 2. ¿Cuál es la novedad? Que a partir de este año los equipos van a venir con Windows 10 y Huayra 3 (GNU/Linux Huayra basado en Debian 8 para 64 bits), según confirmó uno de los encargados del programa. En la nueva tanda de netbooks se reemplaza el disco mecánico por uno de estado sólido.
Los proveedores, en su mayoría, seguirán siendo los mismos que acompañaron el último tramo de la gestión anterior: Newsan, BGH, Novatech y Agen S.A. (empresa de Eduardo Wasi, dueño de Dinatech). La licitación fue liderada por la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS). “A pesar de ser un producto de similares características al anterior, los equipos presentan algunos cambios”, explica Fernando Villanueva, gerente de Informática de Grupo Newsan. “Esta versión cuenta con una pantalla más grande — en el modelo anterior era de 10,1 pulgadas, hoy es de 11,6— y tiene un procesador superior.” De un Celeron N2808 Bay Trail se pasó a un Celeron N3010 Cherry Trail, un chip de Intel con mayor performance gráfica.
Entre el resto de los proveedores consultados impera el secretismo. Alejandra Pirozzo, directora de Corporativo y Gobierno en Novatech, explicó a esta revista que de momento no pueden dar detalles sobre su involucramiento en el programa debido a un acuerdo de confidencialidad.

Menor costo, ¿menos funciones?
Fretes asegura que para esta nueva etapa del plan, el Estado logró bajar los costos de manera espectacular. “Hemos mejorado el proceso de compra, llevando el precio promedio de US$ 500 por netbook a US$ 233 aproximadamente, sosteniendo el ensamblado local. Es decir, hemos generado un ahorro superior al 50 por ciento”, asegura el titular de Educ.ar. De manera similar se expresó el jefe de Gabinete, Marcos Peña, que en su informe a la Cámara de Diputados a fines de mayo habló de “sobreprecios” durante la anterior gestión.
No todos comparten esta mirada. Vladimir Di Fiore, ex jefe del Centro Nacional de Investigación y Desarrollo de Tecnologías Libres (Cenital), encargado del desarrollo de Huayra Linux, argumenta en conversación con INFOTECHNOLOGY que los mejores precios para 2017 se obtuvieron limitando el alcance de las garantías.
“Parte del problema de los costos es que esas máquinas salían con un seguro bastante importante. En los últimos años, esta garantía se había modificado de manera tal que las netbooks con problemas se repararan sin darle espacio al proveedor para que hable de un ‘mal uso’ por parte del estudiante y eso, naturalmente, subía el costo de los equipos”, dice Di Fiore.
Durante el gobierno anterior, parte del aumento de los costos (y de las demoras en las entregas en las netbooks) tenía que ver con que ante cada nueva licitación a los proveedores se les exigía que fueran agregando algún desarrollo local nuevo. El camino ahora parece ser el inverso. “El nuevo pliego dejó de exigir un alto porcentaje de componentes de origen nacional, por lo cual las baterías, los cargadores, los cables de alimentación, las memorias, las carcasas plásticas, pasaron a ser importados”, explica Villanueva. “También hay una reducción en el costo de fabricación debido a que el nuevo pliego no exige que la placa madre sea de origen local.” A esto hay que agregar que la empresa pudo pasarla oferta en pesos a dólares.
Desde Newsan confirman que el período de servicio técnico de los productos se acortó de 24 a seis meses y que la nueva versión de los equipos no cuenta con placa sintonizadora de TV, como sí tenían los modelos anteriores. Así y todo, el representante de la empresa asegura que la principal causa de la baja del precio está relacionada con la eliminación del arancel de importación del 14 por ciento promedio a los componentes para fabricación, resultado del decreto 117/17.

Más que fierrros
Sea como fuere, y como siempre se encargan de subrayar los expertos en tecnología, un programa OLPC implica mucho más que entregar netbooks: es un plan de integración de TIC que reúne elementos a menudo dispersos (infraestructura, equipamiento, conectividad, producción de software educativo, capacitación docente) en una política de Estado. Y en ese sentido, si bien la continuidad del programa es una buena noticia, aún queda mucho por delante.
Un problema sustancial, dice Fretes, es la falta de conectividad en la escuela y en el aula. “Esto es importante porque permite una mejor gestión del soporte y mantenimiento, pudiendo actuar de manera remota para actualizaciones y desbloqueos”, asegura el funcionario de Educ.ar, y da un ejemplo de cómo una mejora en la conexión en los centros educativos puede mejorar este proceso cuando un equipo falla o se rompe. “Anteriormente, ante cualquier inconveniente se enviaba el equipo a un centro de soporte en Buenos Aires. Ahora estamos lanzando un 0-800 que permitirá resolver inconvenientes de manera remota, y lanzando una licitación donde vamos a federalizar el soporte técnico.” (Fretes aclara que las piezas sí quedarían centralizadas en ciudad de Buenos Aires por un tema de eficiencia de inventario).
Otro desafío recurrente es el hecho de que muchos maestros hoy no están preparados para operar los equipos ni para dictar contenidos especiales que aprovechen al máximo la potencialidad de las netbooks. Para encarar este problema, el gobierno actual prometió llevar adelante programas de formación docente en educación digital “para fomentar el uso cotidiano de los equipos”, algo que —insiste Di Fiore y otros ex encargados del plan—ya se venía realizando.
Algunas experiencias aisladas muestran el potencial de este tipo de trabajo en clase. En Mendoza, la Escuela de Comercio Martín Zapata de la Universidad Nacional de Cuyo ofrece por segundo año consecutivo el taller de Robótica y Programación para los estudiantes de la orientación en Informática. El programa Scratch provisto en las netbooks les permite trabajar de manera modular y, al final del curso, diseñar un robot a control remoto.
Claro que para muchas instituciones esta posibilidad es apenas un sueño. En febrero, el gobierno lanzó el Plan Nacional de Conectividad Escolar, comenzando por escuelas rurales de Jujuy y Corrientes. Las cifras oficiales asustan: a principios de este año,sólo un 12 por ciento de las escuelas cuenta con internet para uso pedagógico.

Zona de promesas

Bill Clinton dijo alguna vez que era “el lugar más tenebroso de la Tierra”. La ciudad de Paju, frontera entre Corea del Sur y Corea del Norte, asusta a cualquiera. Ahí no hay retorno y la paz huele a alambre de púas y pólvora a punto de explotar: en cualquier momento todo puede salir mal.

por Federico Poore
Playboy Argentina, julio 2017

PAJU, Corea del Sur – El micro se detiene en lo que parece una casilla de peaje. Se sube un soldado joven con cara seria y la bandera de Corea del Sur en la insignia de su brazo. Dice algo en coreano y ante la duda, aclara en inglés: passports.

El guía que nos acompaña sugiere que tengamos nuestro pasaporte preparado y abierto en la página con foto. David –así se llama– sabe que nos tomó toda la mañana viajar casi cien kilómetros desde Seúl hasta la frontera con Corea del Norte y no quiere que nada salga mal. El soldado comienza a revisar, uno por uno, los papeles de todos los pasajeros. Luego avanza hacia el fondo del micro, adonde estamos nosotros. Le entrego el pasaporte argentino. Lo mira, me mira, me lo devuelve, next. La colega china sentada al lado mío duda un segundo antes de alcanzarle el documento. El recluta (que pesa apenas sesenta kilos, pero que con armas y escudos debe andar por los ochenta) hojea el pasaporte, la mira a ella, mira de vuelta el pasaporte, pasa las páginas. Dice algo en coreano que no alcanzamos a entender, pero se lo nota enojado y la tensión se adivina en el aire. Luego de unos segundos que parecen años, la china se recupera del estado dubitativo y responde las preguntas en perfecto coreano. Entuerto superado, todo en orden. El soldado se baja. Seguimos.

Contrariamente a lo que su nombre indica, la zona desmilitarizada (DMZ, por sus siglas en inglés) es una de las fronteras más militarizadas del planeta. Sus torres de vigilancia, barricadas, alambres de púa y minas antipersonales conforman un ambiente bien distinto al de la Corea más amable que conocemos, hecha de Gangnam Style, máscaras faciales y telenovelas. Los orígenes de la DMZ se remontan a la Guerra de Corea, que enfrentó a occidentales y comunistas a mediados del siglo XX, y al cese del fuego ordenado en 1953, que resultó en la división del país en una traza que acompaña al paralelo 38°. Hoy la zona desmilitarizada ocupa 250 kilómetros de largo por cuatro de ancho y es, en palabras del expresidente norteamericano Bill Clinton, “el lugar más tenebroso de la Tierra”.

Lo tenebroso, claro, no es la presencia de un tanque más o menos, sino la locura que acompaña a este tipo de enfrentamientos y que puede resumirse en una historia. El 18 de agosto de 1976, un grupo de trabajadores surcoreanos, escoltado por tropas de Naciones Unidas, llegó al llamado Puente de No Retorno con órdenes de talar un árbol que le estaba bloqueando la visual a un puesto militar de la ONU. La operación se complicó cuando entraron en escena quince soldados norcoreanos, que reclamaron a los gritos que la acción no se realizara. Ante la negativa, atacaron a todos con machetes, matando a dos soldados. La respuesta no se hizo esperar. Tres días más tarde, un total de 813 hombres, incluyendo fuerzas especiales de Corea del Sur y de los Estados Unidos, regresaron al lugar con el apoyo de helicópteros y bombarderos B-52 y entre todos cortaron el maldito árbol ante la atenta mirada de las tropas enemigas.

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Es, sin embargo, una mañana primaveral y soleada en el mirador Dora, un puesto de observación desde el cual se divisa, a lo lejos, la misteriosa Corea del Norte. Reconvertido en atracción turística, es lo más cerca que estaremos del país gobernado por Kim Jong-un, adonde con restricciones y permisos especiales, ingresan no más de 5000 turistas occidentales por año, casi en su totalidad, a través de China (a la Corea del Sur ingresaron 17 millones de turistas en 2016). ¿Qué se ve desde el mirador? Una sinuosa área divisoria pelada de vegetación que hace las veces de frontera y, al fondo, la ciudad de Gaeseong, la más austral del país comunista. Allí funcionó durante un tiempo un complejo fabril operado conjuntamente entre las dos Coreas (los del sur aportaban el management; los del norte, la fuerza de trabajo) hasta que nuevas provocaciones de Pyonyang terminaron con la suspensión del proyecto. No faltan las disputas sin sentido, típicas de la Guerra Fría. Los surcoreanos instalaron su bandera en un imponente mástil de 98 metros de altura, pero en Corea del Norte no quisieron ser menos y enfrente plantaron la suya sobre un asta de 160 metros. Solo la bandera pesa 270 kilos: es tan pesada que los días de lluvia la tienen que bajar porque, si no, la torre que la sostiene se viene abajo.

Pero hay más. La tranquilidad de la mañana se ve interrumpida por exclamaciones ensordecedoras provenientes del altoparlante del mirador. David nos explica que se trata de propaganda surcoreana. Les están diciendo a los del otro lado de la frontera: “Vengan a este gran país, todo aquí es maravilloso”, cosas así. La guerra de altoparlantes, con uno y otro bando pasando marchas militares a todo volumen, se había cancelado en 2004 y parecía que el asunto ya era cosa del pasado. Pero hace poco volvieron los misiles de Kim Jong-un, y con ellos este show propagandístico de uno y otro bando. Todo está ahí para recordarnos que lo firmado en la década del cincuenta no fue el fin de la guerra sino apenas un cese del fuego.

Desde 1948 hasta 1994, el Líder Supremo de Corea del Norte fue Kim Il-sung, el abuelo de quien hoy es la máxima figura del país. En términos económicos, se podría decir que le tocó gobernar en las buenas: al inicio de su mandato, el PBI per cápita de las dos Coreas era idéntico y la República Popular Democrática de Corea contaba con el apoyo irrestricto de China y de la Unión Soviética. Pero en la década del setenta, el Norte fundió el motor con su modelo de autosuficiencia, que terminó de explotar tras el colapso del comunismo ruso.

Luego de su muerte, el poder pasó a manos de su hijo, Kim Jong-il (a quien muchos en Occidente recuerdan por haber sido parodiado en la película Team America), otro dirigente reñido con los derechos humanos que desarrolló la filosofía Juche, una doctrina estalinista armada a medida de la realidad del país. La dinastía Kim es tan fuerte que uno no puede sino pensar que Jong-il gobernó poco: apenas 17 años. El infarto que sufrió en 2011 terminó con su vida y desde entonces Corea del Norte quedó a merced de uno de los líderes más impredecibles y temidos en Occidente: el joven Kim Jong-un.

En los últimos meses, la tensión generada por su figura (siempre rodeada por mitos y leyendas, alimentadas por la falta de información confiable sobre lo que sucede en su país) escaló hasta límites impensados. Desde Corea del Sur aseguraron que el próximo paso de la bravuconada bélica de Kim es desarrollar un arsenal nuclear de alcance intercontinental. Estados Unidos, un aliado histórico de Seúl, respondió a la supuestas provocaciones enviando un portaaviones a la península. Donald Trump dijo que existe la posibilidad de terminar en un “gran, gran conflicto” con los norcoreanos, que se abrazan a la fuerza militar como carta de negociación. ¿Nuevos tambores de guerra? Difícil sentar a las partes en una mesa de negociación (mejor dicho, difícil que siquiera exista una) cuando los líderes en cuestión son caprichosos, iracundos, antojadizos.

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De vuelta a la casilla, el mirador, la bandera gigante: todo queda en el condado surcoreano de Paju, que recién en 1997 obtuvo estatus de ciudad. Son constantes los intentos del gobierno por lograr que más gente se mude a este lugar. Desde el cambio de siglo, además, se comenzó a explotar el turismo ligado a la DMZ, y hace no mucho se sumó a la lista de atracciones el llamado Túnel Número 3, uno de los pasillos subterráneos que, según los surcoreanos, el Norte cavó décadas atrás con la intención de invadir el país por tierra. Las fotos están prohibidas: los visitantes debemos dejar nuestras pertenencias en un locker y ponernos cascos protectores amarillos antes de caminar, en fila india, por un sendero estrecho que hace una pendiente descendiente. Sumado al techo irregular y bajísimo (un metro cincuenta), el túnel es la peor pesadilla de los claustrofóbicos.

De regreso a la superficie, entramos a algunas de las casas que rodean el paraje, en las que se ofrecen productos típicos de la zona: ginseng, caramelos de uva, porotos de soja cubiertos de chocolate. Los vendedores (o vendedoras: casi todas son mujeres de mediana edad) sonríen y observan amablemente, las manos cruzadas detrás de la espalda. Un hombre de chaleco camuflado y cara curtida ofrece pines de Corea del Norte. No hay edificios, semáforos ni paneles luminosos: todo es modesto y rural, como si la amenaza de extinción tornara inútil todo intento de ir más allá de lo estrictamente funcional. La excepción es una mansión rosa que se alza entre las colinas y los campos de arroz. ¿Su dueño? La primera persona que se mudó a esta zona de Paju. El colono, el pionero. El primer coreano con huevos que un día agarró sus cosas y se vino a vivir a la frontera más caliente del mundo.

El sol sigue arriba en el cielo despejado. Un contingente de turistas norteamericanos y australianos hace fila para regresar al micro que los llevará de vuelta a Seúl. Absortos en sus folletos informativos o revisando sus cuentas de Instagram, no parecen registrar que en algún lugar de esta península del tamaño de la provincia de Chubut hay un millón ochocientos mil soldados esperando una orden de ataque. La tensa calma promete, por lo pronto, una temporada más de venta de souvenirs.

Todo está muy rápido acá


Corea del Sur llegó tarde al capitalismo pero lo abrazó con pasión. En Seúl se mezclan las fábricas de K-pop con la sobreoferta de productos de belleza.

por Federico Poore
La Agenda, 04-07-2017

SEÚL - La chica de ojos rasgados se abraza a la foto de su ídolo musical. Coreana y bajita, celular Samsung en mano, es la última de una fila interminable de fans que da vuelta a toda la tienda. Estamos en el tercer piso de SM Town, un “centro de entretenimiento” dedicado al K-pop que se alza en la misma calle que el monumento al "Gangnam Style” en Seúl.
Pausa. Tiempo fuera. ¿Monumento al “Gangnam Style”? Si en el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire”, ¿por qué a alguien se le ocurriría inmortalizar algo tan efímero como el baile del caballo de Psy? ¿Se puede homenajear en bronce al “primer video en la historia en recibir mil millones de visitas en YouTube”? Primera lección a extraer de Gangnam, el barrio de moda al sur del río Han: todo vale.
De vuelta a la fila. Una empleada, apenas más adulta que el promedio de clientes que atiborran el local, anuncia megáfono en mano que por la tarde estará firmando autógrafos el integrante de una boy band local. Hay aplausos de aprobación entre la concurrencia, algún gritito emocionado. El cálculo a ojímetro indica mayoría de chicas, pero también un número nada despreciable de muchachos, que pronto se llevarán a casa un recuerdo de su paso por el templo laico del pop coreano: el pochoclo oficial de BTS o la barra de cereal de Super Junior.
Los seis pisos de SM Town incluyen un teatro, una cafetería y un puñado de locales especializados (aquí, la venta de remeras; allá, la venta de pósters; en todos lados, la venta) donde el consumidor adolescente podrá reafirmar su sentido de pertenencia por la nada módica suma de 18.000, 23.000 o 45.000 won según el caso (1.000 won son poco menos de un dólar).
Al edificio lo administra SM Entertainment, una poderosa fábrica de producción de contenidos liderada por un hombre llamado Lee Soo-man. En 1996, este manager de bandas quedó fascinado con el impacto que causaron los Backstreet Boys en su paso por Seúl y decidió que iba a armar su propio centro de manufactura de grupos de pop coreano. Según cuenta John Seabrook en La fábrica de canciones: cómo se hacen los hits, Lee Soo-man llevó al estrellato a innumerables bandas jóvenes y, en el camino, publicó una biblia del marketing que explica en detalle cómo se crea un grupo pop exitoso, desde qué progresiones de acordes utilizar en cada país hasta el color exacto de sombra de ojos que un artista debe llevar según si está en China, Malasia o Japón. Atrás quedaron los tiempos en los que la mercadotecnia en la música popular estaba puesta al servicio de una pretendida espontaneidad. No podríamos decir si esto es mejor o peor. Por lo pronto, es más transparente: a esta fábrica sin chimeneas la conducen managers y al final del día lo que quedan son productos.
Los seis niveles del SM Town de Gangnam no son nada si los comparamos con otro edificio vecino, la Lotte World Tower. Inaugurada hace apenas dos meses, esta megatorre es el edificio más alto de Corea. Tiene 123 pisos (trece más que las Torres Gemelas) y un pico tipo Torre de Saurón que le da un aire siniestro. Lotte es uno de los chaebols o conglomerados coreanos más conocidos del país y, como tantas otras empresas en su tipo, tiene presencia en muchísimos sectores de la economía. Samsung, Hyundai o LG son también ejemplos de estos imperios familiares que crecieron al amparo del Estado y que hoy controlan buena parte de la producción en la península. En palabras de Park Jesong, investigador del Korean Labor Institute: “En Corea del Sur vos nacés en una maternidad que pertenece a un chaebol, vas a una escuela chaebol, recibís un sueldo chaebol -porque casi todas las pymes dependen de ellos- y hasta tu ocio será gestionado por un chaebol”.

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Todo pasa demasiado rápido. Hacia mediados del siglo pasado –luego de haber sufrido la ocupación japonesa y una sangrienta guerra civil– Corea del Sur era una zona pobre, reventada. Pero en las décadas siguientes, el país al sur del paralelo 38° se industrializó en tiempo récord a pura sangre, sudor y lágrimas y para mediados de los ‘90 ya había sacado carnet de miembro en la OCDE, el club de los países desarrollados.
En ese lapso, la capital, Seúl, se convirtió en una megápolis con todas las de la ley. No por nada una de las frases más escuchadas en distritos como Dongdaemun o Insadong es “pali pali” (rápido, rápido). Obtener un título, conseguir un buen trabajo, mantener a los padres cuando envejezcan: para un coreano, los mandatos sociales pesan como en casi ningún otro lado. Uno de ellos es la cosmética.
En Corea todos están obsesionados por la belleza. Todos. En las calles de Myeongdong, las vendedoras atacan al transeúnte con las últimas ofertas de máscaras faciales: lleve dos pague una, lleve seis pague cinco, lleve once pague diez. (Sus carteles fluorescentes se superponen con gigantografías del Papa Francisco y puestos callejeros de venta de medias de Hello Kitty: el kitsch modelo siglo XXI.) En la zona de compras de Dongdaemun, la sobreoferta de esencias, cremas de ojos, exfoliantes y limpiadores es un atentado al bolsillo. La compra, siempre al por mayor, termina en bolsitas con nombres de marcas en inglés aspiracional –mi favorita es la del shopping Good Morning City–, típico de los países que entraron al capitalismo a los 43 minutos del segundo tiempo.
Hay más. En marzo de este año, las jóvenes integrantes de un grupo de K-pop llamado Six Bombs lanzaron “Getting Pretty After”, un video mostrando el antes y después de sus cirugías estéticas. En 2006, el reconocido director coreano Kim Ki-duk estrenó El tiempo, sobre una chica que se opera al mango para gustarle a su novio. Ejemplos sobran.
Los hombres no se quedan atrás. Que un joven de estos pagos se compre cremas no es raro ni de metrosexual: los coreanos son considerados los hombres más lindos de Asia y es posible que se sientan en la obligación de mantener la punta del campeonato. A los que tenemos la piel más como la de Danny Trejo, toda esta situación nos pone un poco incómodos.
Un viaje corto en la línea ocre del subte de Seúl nos lleva a Digital Media City, un complejo hi-tech de 570 mil metros cuadrados plagado de edificios vidriados y espejados. Ubicado a siete kilómetros del centro, es un cluster audiovisual donde se alzan las oficinas de los principales conglomerados de medios y entretenimiento del país, una movida típica de la era post-industrial que ya ensayaron ciudades como Barcelona, Berlín y Helsinki.
Es sábado al mediodía y casi no hay empleados, lo que nos deja prácticamente solos en la explanada entre rascacielos. Mientras caminamos entre esculturas posmodernas (que de noche se iluminan con luces de led), pasamos frente a un Burger King, galerías de arte, un Domino’s Pizza, el Korean Film Archive, un 7-Eleven. De regreso al centro histórico, el mapa indica que estamos cerca de las torres uno y dos de Daewoo Trump World, los condominios marca Trump que el ahora presidente norteamericano vino a promocionar en 1999.
El capitalismo es como el blanco: combina con todo.

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A Kim, nuestra guía, le gusta que la llamen por el apellido. Tiene 32 años, pelo corto castaño y ojos chiquitos, y no está casada ni tiene novio. Para ella, la incomodidad de la situación es evidente.
“Siendo mujer, a esta edad ya sos vieja”, me cuenta en perfecto inglés mientras se sirve café en un hotel en Muju, ciudad turística ubicada dentro del Parque Nacional Deogyusan, a unos 180 kilómetros de la capital. “Ya hay quienes me dicen que me debería contratar servicios de matchmaking”.
Al sur de la península coreana, el tema no se aborda simplemente con sitios clásicos de búsqueda de pareja. La empresa Duo, por ejemplo, se enorgullece en conseguir 17 mil uniones por mes usando algoritmos que estudian cuestiones como la ocupación, el ingreso anual y el tipo de auto de los pretendientes. Como un Tinder con Veraz, se propone armar parejas apoyándose en las reglas de la gestión de riesgos financieros.
No todos están de acuerdo, en especial entre los millennials. “En Corea todo es: estudiá rápido, conseguí trabajo rápido, casate rápido. Y no todos queremos hacer eso”, me dice una coreana de 24 años que hace unos meses vive y trabaja en Argentina. Es una respuesta cada vez más común al mandato de sus padres y abuelos, que en medio siglo convirtieron un país pobre del tamaño de Catamarca en el quinto exportador mundial (con la ayuda del gobierno autoritario pero industrialista del militar Park Geun-hye) y que ahora esperan que las próximas generaciones imiten su sacrificio.
Lo cierto es que a varios coreanos jóvenes, sobre todo los que alguna vez viajaron, no les atrae –por no decir que les asusta– la idea de pasar sus años mozos trabajando 12 horas por día en un chaebol o en una multinacional. Ellos prefieren divertirse, conocer el mundo, bajarse un par de botellitas de soju en un norebang (la versión coreana del karaoke) o ir con sus parejas a poner candados del amor en las rejas de la Torre Namsan. Nada más alejado del “vive rápido y deja un bonito cadáver”, el mandato de época que baja desde las luces de neón de Seúl.

Los detectives electorales

En un viejo edificio del siglo XIX, a metros de Casa Rosada, un grupo de auditores investiga los números de recaudación y gasto de los partidos políticos. La lucha contra el desinterés y la falta de apoyo en el país de la subdeclaración de ingresos.

por Federico Poore
Playboy Argentina, diciembre de 2016

“Vas a verme llegar, vas a oír mi canción, vas a entrar sin pedirme la llave”. Sergio Tomás Massa canta mientras se baja de un avión en el Aeropuerto de Santiago del Estero junto a un grupo de colaboradores. Corre octubre de 2015 y faltan apenas unos días para las elecciones generales. Massa -si bien ahora no lo parece porque canta Abel Pintos a viva voz- es un político en campaña: sabe que esta parte de su gira por el norte del país es muy importante, tanto que un resultado exitoso podría llevarlo al balotaje por la presidencia. El avión que lo trajo es muy real, incluso se conoce el modelo: Learjet 60. Mide 18 metros de largo y en algún momento del trayecto, mientras atravesaba las nubes del norte argentino, alcanzó su velocidad crucero de 778 km/h.Sin embargo, para la justicia electoral, esta visita nunca tuvo lugar. El motivo es muy sencillo: el entonces candidato del Frente Renovador jamás incluyó este vuelo entre los gastos de campaña que su partido presentó ante la Cámara Nacional Electoral.

El avión fantasma de Massa está lejos de ser la excepción a la regla. La subdeclaración de ingresos y de gastos durante la campaña electoral se convirtió en una práctica tan alevosa que no hay partido grande en Argentina que pueda afirmar estar libre de pecado. Los números son elocuentes: la alianza Cambiemos, de Mauricio Macri, declaró haber gastado 150 millones de pesos; el Frente para la Victoria de Daniel Scioli, 110 y el Frente Renovador de Massa, 57. Todo indica que se quedaron más que cortos: los especialistas en la materia dicen que el costo real de una campaña presidencial en Argentina ronda los 1.000 millones de pesos. Lo reportado, entonces, es apenas la punta del iceberg.

Como si esto fuera poco, y como a toda declaración impositiva de cualquier hijo de vecino, a los gastos subdeclarados, le corresponden ingresos subdeclarados. La campaña “en blanco”, la que los partidos dicen que gastaron durante la campaña 2015, se justifica, en parte, con los aportes que el Estado hace a los partidos políticos y, en parte, con donaciones particulares. El problema es que el blanco tampoco cierra: funcionarios que figuran en un listado sin saberlo, directivos de empresas contratistas, gente sin la capacidad económica para hacer los aportes que declaran. Prestanombres, qué tanto.

Pero estas maniobras, por más vox populi que sean en el ambiente político, necesitan ser probadas en la justicia. Ése es el trabajo de hormiga de los auditores contadores de la Cámara Nacional Electoral.

Las personas encargadas de auditar las elecciones trabajan en un edificio de aspecto señorial ubicado sobre la avenida Leandro N. Alem, a dos cuadras de Casa Rosada. “Es un lugar grande, nos las arreglamos bastante bien”, dice uno de los secretarios.

Al Cuerpo de Auditores se llega subiendo por una escalera de mármol o tomando un ascensor antiguo hasta el tercer piso. Girando a la derecha se encuentra la puerta del despacho. No bien se abre, el papel lo invade todo: olor a papel, ruido de papeles que se rozan, las interminables pilas de fotocopias, folios, carpetas, membretes. Excepto por los monitores de las computadoras, nada parece indicar que corre el año 2016.

En este ecosistema se desarrolla el trabajo de hormiga de los auditores, uno de los cuales consiste en analizar los 3.727 informes financieros que los partidos políticos han presentado el año pasado. A esta tarea ciclópea están dedicados apenas siete auditores y un coordinador. En Alem 232, el reclamo es siempre el mismo:

—Siete tipos para controlar los balances de 650 partidos políticos, incluyendo las primarias, las generales y todas las categorías de cargos. Por más que usemos tecnología, así no hay cuerpo de auditores que aguante.

¿Y cómo se controlan los gastos de una elección? Antes que nada, a partir de lo efectivamente presentado. ¿Esta cena de recaudación de Scioli en Costa Salguero no salió sospechosamente barata? ¿Quién es esta persona que puso un millón y medio de pesos para la campaña de Macri? Hay que dudar de todo, o de casi todo. Leer entrelíneas, buscar movimientos sospechosos, hacer llamados.

—Buenos días, me comunico de la Cámara Nacional Electoral. Quería saber si me podría escanear la factura del vuelo privado que Sergio Massa contrató el 10 de octubre.

Los auditores saben que toda elección supone ingentes gastos en publicidad y logística: desde cartelería hasta pauta en medios; desde traslados y alojamientos hasta actos masivos en estadios de todo el país. Sin olvidarse, por supuesto, del día donde todo tiene que salir bien, cuando los partidos no pueden darse el lujo de regalar ni un voto. Lo repite cualquier referente “territorial”: sin transporte y vianda para los miles de fiscales no hay jornada cívica posible. Ellos son el aceite del motor, la música de la fiesta de la democracia.

Por eso, la fase dos de la auditoría es aún más difícil: detectar qué les faltó declarar a los partidos. Pequeños grandes detalles, como diez carteles gigantes en la Ruta 2, entre los kilómetros 37 y 116, con la cara de Daniel Scioli, o el cierre de campaña de Macri en el Centro Asturiano de Vicente López, de lo que nada figura en los registros.

A veces, los auditores contadores —cuyas edades van de los 30 a los 57 años— se ponen a tono con el zeitgeist tecnológico y cuelan en sus informes la respuesta que recibieron de gigantes tecnológicos como Google y Facebook. Así descubren, por ejemplo, “una diferencia de casi 900 mil pesos” entre los gastos que reportó el Frente Renovador en el programa Adwords y lo que Google informa que Massa le pagó a la compañía para promocionar su candidatura. Todo suma a la hora de juntar pruebas.

ALGO ESTÁ PASANDO ACÁ
La estrepitosa derrota del kirchnerismo en la Provincia de Buenos Aires en las elecciones legislativas de 2009, aquella de las candidaturas testimoniales y los nombres Kirchner, Scioli y Massa encabezando la misma boleta, fue precedida por la reforma electoral más importante en la Argentina desde la Constituyente del 94. La Ley Electoral 26.571 traía consigo la creación de las PASO y algo quizás más inadvertido: la modificación de la Ley de Financiamiento de Partidos Políticos, que desde entonces prohibió tajantemente las “contribuciones o donaciones de empresas concesionarias de servicios u obras públicas”. Aquel principio de prolijidad republicana pareció haber sido olvidado por el futuro presidente Macri, quien recibió para su última campaña tres millones de pesos de gerentes y empleados de empresas contratistas del Gobierno de la Ciudad y administraciones provinciales. Más que un mero conflicto de interés. Como publicó el sitio Chequeado, se trata de al menos 33 gerentes de agencias de publicidad, 20 de empresas de seguridad privada, siete de una constructora y cuatro de una empresa de higiene urbana. Todas contratistas de la gestión porteña o, en su defecto, del gobierno de Córdoba.

Para colmo, estas donaciones -casi el 10 % del total de aportes individuales declarados por la fórmula Macri-Michetti- fueron hechas a título individual, pero en efectivo y en un mismo día. La maniobra era evidente: esconder un aporte empresarial.

Así dicho, ese dato no está en ningún lado. Hubo que construirlo. La materia prima no podía ser más básica: un archivo pdf con una interminable lista de nombres y números de CUIT. Lo que hacen los auditores -y los buenos periodistas, que también pueden si quieren-  es cruzar esos datos. ¿Cómo? Ingresando cada uno de esos nombres y números de DNI (que se deducen del CUIT) en las bases de datos de la AFIP y la ANSES, para ver qué información “salta” sobre cada uno de los generosos donantes. Son miles. Solo en las primarias, el PRO presentó 849 nombres y el FPV, 1.616. Revisar cada uno de ellos es un trabajo de data entry perfectamente compatible con el síndrome de túnel carpiano.

Algunas irregularidades son evidentes a simple vista —por caso, José Manuel de la Sota declaró cinco millones de pesos de un único donante, identificado como “NN”— mientras que otros no ameritan mayores observaciones. En el medio, los grises: el joven de 26 años que aparece donando $ 95.000 para la campaña del PRO; los 204 nombres que desaparecieron del primer listado presentado por la fórmula Scioli-Zannini solo para ser reemplazados por otros 213.

La pregunta, entonces, sobre si se trata de delitos, se envuelve en la voz rasposa de Bob Dylan que oprime como una pesadilla el cerebro de los auditores:

—Porque algo está pasando acá pero no sabes qué es, ¿verdad, Mr. Jones?

LO MENOS TRUCHO POSIBLE
Después de leer cuatro carpetas y trece biblioratos con documentación respaldatoria, el contador León Derhovsepian entrega su informe de 29 páginas sobre el estado financiero de la campaña del FPV.

A Derhovsepian—un viejo lobo que ya le había encontrado irregularidades a la campaña que llevó a Hermes Binner a la gobernación de Santa Fe— no se le escapan los aportantes fantasma de Scioli. Más aún: en su reporte, revela que tres funcionarios de la agencia de recaudación ARBA se presentaron ante la Cámara para decir: yo nunca puse esa plata que dicen que puse (en lenguaje legal, claro). El auditor se interesa particularmente por el efectivo que circuló durante el fundraising sciolista en Parque Norte y la cena de gala kirchnerista en Costa Salguero. Una de las cosas que observa es que, si las crónicas periodísticas no mintieron, el dinero blanqueado en aquella cena fue notoriamente inferior al efectivamente recaudado. En otras palabras: subdeclaración de ingresos a la vista.

A Carmen de Las Heras, en cambio, le toca bailar con Cambiemos. Arquea las cejas cuando advierte que Orlando “Orly” Terranova, creador del portal MDZ online y gran beneficiario de la pauta publicitaria porteña, aparece poniendo plata junto a su hermana María. Para colmo, también advierte la presencia de una tercera Terranova en el listado: Marcela, integrante del directorio de Publicidad Sarmiento, empresa que ganó la licitación del mobiliario urbano porteño y que hoy opera el negocio de carteles en vía pública y paradas de Metrobús.

Su informe incluye otras delicias del prestanombrismo, como monotributistas categoría B (gente que declara ingresos anuales de $ 48 mil) poniendo 20, 30, 40 y hasta 50 mil en efectivo para la campaña amarilla. Estas irregularidades, sumadas al hecho de que el PRO no informó ningún tipo de pago a fiscales durante las agitadas jornadas electorales, es demasiado para Carmen de Las Heras. “No puedo aconsejar la aprobación del informe final”, escribe, “hasta tanto no sean subsanadas las observaciones formuladas”.

De nada sirve el descargo periodístico del apoderado del PRO, José Torello, que al ser confrontado con las irregularidades del informe financiero de su partido, protestó los requisitos de la ley y dijo en su defensa:

—Nosotros tratamos de ser lo menos trucho posible.

Pero, ¿qué pasa si Torello tiene razón? ¿Qué pasa si la letra de ley está pidiendo algo tan imposible que empuja a todos los partidos a dibujar su contabilidad?

Desde hace un tiempo, legisladores oficialistas y opositores discuten cambios a la ley electoral. En el macrismo proponen que las empresas puedan volver a aportar. No son los únicos. “Estoy de acuerdo en que se permita a las personas jurídicas poner plata para las campañas”, sostiene el ex director nacional electoral Alejandro Tullio. “Hay que sincerar los ingresos de campaña, manteniendo la prohibición del anonimato y bancarizando todo”.

Claro que también existe el riesgo de que este sinceramiento derive en una mayor desigualdad y, en ese sentido, el recuerdo de la campaña multimillonaria de Francisco de Narváez es aún muy reciente. Según la regulación post-Alica Alicate, el Estado hace un aporte en dinero a los partidos y regula la publicidad televisiva, algo valorado por politólogos y expertos. Avanzar en la dirección opuesta, recortando los topes de aportes y volviendo a permitir la donación empresaria en época de campaña, podría expandir el ya famoso “gobierno de los CEOs” al financiamiento político. Partidos como el Frente de Izquierda denuncian que la  movida es un paso hacia la “plutocracia” y reclaman una campaña “cien por ciento estatal”, sin aportes privados.

Ente un extremo y otro, entre lo existente y lo deseable, se encuentran las soluciones más sensatas, una caja de herramientas para quienes busquen reescribir las reglas de juego de la competencia democrática.

MEJOR NO HACER CIERTAS COSAS
Los auditores tienen dos grandes enemigos. Uno es la falta de recursos. El otro, el desinterés. En 2002, los jueces Rodolfo Munne, Alberto Dalla Vía y Santiago Corcuera le pidieron a la Corte Suprema “la provisión de los medios necesarios” para poder tener “un plantel de al menos 15 contadores públicos nacionales”. No hubo respuesta. Seis años más tarde, el tono de la Cámara Nacional Electoral ya rozaba la desesperación. “Esta Cámara ha agotado ya todas las vías —formales y oficiosas— para expresarle a las autoridades competentes la necesidad de fortalecer la composición del Cuerpo de Auditores Contadores”, escribieron. Al día de la fecha el número de personas encargadas de controlar las cifras de las elecciones sigue sin superar la decena. (Existe un proyecto, impulsado por el oficialismo, para ampliar el Cuerpo como parte del paquete de reforma electoral; pero incluso si pasa, faltaría que la Corte Suprema lo apruebe).

Muchos informes, también, quedan en la nada. El mecanismo establecido por la ley argentina es claro: los auditores tienen siete meses para analizar los números de los partidos políticos y enviar su informe. A partir de ahí, la decisión de avanzar o no con la investigación pasa al área de Control Patrimonial de la Secretaría Electoral de la Capital Federal, es decir, a la jueza federal María Romilda Servini de Cubría.

Servini suele tomarse su tiempo. Para muestra, un botón: la jueza aún no decidió si aprobar o rechazar las cuentas de la fórmula Cristina Kirchner-Julio Cobos tras las elecciones del 28 de octubre de 2007. Esto a pesar de que el listado que lleva la firma del recaudador Héctor Capaccioli incluye nombres como Gabriel Brito y Néstor Lorenzo y dinero que, más de uno sospecha, proviene de la mafia de los medicamentos y la famosa ruta de la efedrina. Para la jueza, no es posible tomar una decisión hasta tanto no se resuelvan las causas penales en la que se investiga el origen de esos fondos. En la Cámara discuten esta lectura. A punto de ingresar en 2017, dicen, las “cuestiones electorales” de una campaña tan vieja ya deberían estar resueltas.

Pero, ¿cómo se “resuelve” un caso? ¿Cómo se castiga a los responsables de haber omitido o fraguado información sobre ingresos y gastos en una elección? La mayor parte de las veces, la justicia electoral sanciona al partido infractor privándolo de ingresos estatales para la próxima campaña. Pueden ser tres o cuatro millones de pesos. Son muy pocos los casos en los que el castigo recae sobre el candidato que financiado. Al neuquino Jorge Sobisch, por ejemplo, le prohibieron volver a presentarse a una elección, pero la medida fue anulada más adelante. Y la opción de ir tras los responsables económicos tampoco parece ser la solución: en la última campaña, las encargadas de responder ante la Justicia por las irregularidades en los informes del PRO fueron dos jubiladas de 68 y 82 años que ni siquiera estaban enteradas de su rol partidario.

Pero las auditorías se hacen igual y ahí están, disponibles para todo aquel que quiera conocer cómo se financia la política en Argentina. A pesar de su bajo perfil, los auditores encaran día a día un trabajo más que necesario en los tiempos que corren. Les toca controlar, nada menos, que a los candidatos no los esté financiando el juego, la prostitución o el narcotráfico. Son los protagonistas improbables de una película donde los malos casi siempre ganan.

Entrevista a Fernando Rosso

por Federico Poore
Buenos Aires Herald, 26-07-2016

A 25 años de la última experiencia de un medio de izquierda con pretensiones masivas en Argentina, un portal de noticias comandado por el Partido de los Trabajadores Sociales (PTS) está retomando la posta. El contexto es radicalmente otro, pero el periodista Fernando Rosso — director de La Izquierda Diario — apuesta al profesionalismo y el manejo de las nuevas tecnologías para encarar el desafío.
En un café en el barrio porteño de Congreso a metros de su redacción, Rosso narra el crecimiento del portal desde su creación en 2014 y explica las razones detrás del éxito del ciclo “Conversaciones sobre la transición argentina”.

¿En qué momento deciden armar un medio masivo y por qué?
Se da como parte del crecimiento político y sindical de la izquierda. Uno de los motivos detrás de la decisión fue no tener que depender de las campañas electorales, momento en el que hay algún tipo de concesiones a los partidos políticos. Tratamos de mantener una voz propia que vaya más allá de los vaivenes de las elecciones: el objetivo es dar una pelea ideológica más permanente y ampliar el público al que llega la izquierda. Desde que Lenin dijo “lancemos un periódico nacional” como la expresión más avanzada de aquel momento, bueno, hoy lo más avanzado es Internet y las redes sociales. Ahora pasamos a 90,000 visitas diarias, un crecimiento muy importante. Tenemos, además, un montón de corresponsalías espontáneas.

¿Cómo hacen para combinar las corresponsalías con cierto nivel de profesionalismo?
Eso fue — y es — un aprendizaje. En el terreno periodístico y en el terreno de las redes sociales buscamos asesorías, hacemos capacitaciones periodísticas... Fuimos mejorando el nivel. Hay todo un sector al interior de la redacción, pero también del partido, que trabaja para darle un nivel periodístico a las denuncias que recibimos en las fábricas y en los lugares de trabajo, para lograr un producto de calidad.

¿En qué espejo se miran? Se me ocurren tres ejemplos históricos de intentos por hacer medios masivos de izquierda en Argentina: el diario Noticias en la década del ‘70, el diario La Voz allá por 1982-83, y el diario Nuevo Sur que editaba el PC en 1989-90.
Conocemos esas experiencias. Tienen puntos de contacto en cuanto al intento de hacer una experiencia más periodística, pero también tenemos diferencias.

¿Cuáles?
Las mayores diferencias tienen que ver en cuanto a la época, lo decía (Manuel) Gaggero a propósito de otra de estas experiencias — el diario El Mundo del ERP-PRT — sobre la cantidad de gente que se necesitaba, los problemas técnicos que tenían... Ahora con las redes sociales hay mucha gente que escribe espontáneamente, y entonces la profesión del periodista está “acompañada”, por así decirlo. Tomamos el espíritu de estas experiencias, pero también nos hacemos de las últimas técnicas disponibles para darle una voz mucho más potente a la izquierda. Estamos publicando unas 2,000 noticias mensuales, pero queremos llegar a las 3,000. También queremos dialogar con los grandes diarios, de allí los “Diálogos sobre la transición Argentina”, para lo cual entrevistamos a (Carlos) Pagni (de La Nación), (Horacio) Verbitsky (de Página/12), Julio Blanck (de Clarín) para brindar a los lectores una mirada más amplia de lo que se permite ver en sus columnas, ver de lo que dicen de la izquierda, y hacerle las preguntas que nosotros, desde la izquierda, les queremos hacer. O sea que el objetivo no es hacer solo una cosa “desde abajo” sino también desde arriba, que tenga una visibilidad mediática.

¿Hasta dónde llega la pretensión generalista del medio?
Deportes y Espectáculos no son las secciones más fuertes, pero hay noticias. Si es por pretensiones, queremos expandir Ciencia, Tecnología, Sociedad... Hay temas que son más espinosos para tratar desde el punto de vista de la izquierda, como Género y Sexualidades; un análisis crítico de cómo lo tratan los otros medios.

¿Cómo combinan el tema del online con el impreso? ¿Qué está incluido en la edición impresa?
La impresa es un semanario y hoy sale específicamente apuntado al público obrero, a trabajadores de la fábrica. Son dos redacciones distintas.

¿Qué tan grande es la redacción de La Izquierda Diario?
Hasta hace unas dos semanas, había unas 20 personas fijas, incluyendo la parte de redes sociales. Ahora implementamos tres actualizaciones diarias y buscamos colaboradores entre los miembros del partido — tenemos unos 2,500 a nivel nacional — para que manden noticias, con seis personas a la mañana, seis a la tarde y un poco más a la noche.

¿Hay gente rentada?
Sí, hay unas diez, doce personas rentadas en el diario. Pero el grueso es militante, sino no se podría sostener.

¿Cómo explicás el crecimiento de la página?
Estamos pensando cuánto tuvo que ver el fin de la luna de miel de la población con el gobierno de Macri. Las entrevistas también sumaron, vamos a ver si se mantienen.

¿De dónde sacan ideas para secciones? ¿Toman buenas ideas de medios comerciales para hacer más atractivo al sitio?
Hay un equipo técnico que trabaja en eso. Para el diseño de la página contratamos a un diseñador profesional, eventualmente buscamos asesores que manejan redes sociales para que manejen alguna campaña... Para las entrevistas, nos pareció interesante el formato “Conversaciones” de La Nación y las entrevistas que hizo la revista Crisis. Nos gustó la idea de que la izquierda “dura” dialogue con los principales editorialistas de la derecha, buscar un equilibrio periodístico para que eso sea atractivo. Vamos mirando permanentemente lo que hacen el resto de los grandes medios; ellos lo utilizan para sus intereses políticos y comerciales y nosotros no nos vamos a quedar afuera porque sea “burgués”, nos vamos a apropiar de todos los avances posibles.

En términos políticos, da la impresión que muchos en el PTS han armado un frente común con el kirchnerismo, o con militantes kirchneristas, para oponerse al gobierno de Macri. ¿Tienen lectores kirchneristas?
Acá hay que hacer un análisis político. Por un lado, buena parte del sistema de medios que armó el kirchnerismo entró en default por el fin de la pauta oficial. Por otro lado — y de la misma manera que paramos junto con la dirigencia sindical porque teníamos problemas comunes — para enfrentar al gobierno de Macri nos hemos unido a los cacerolazos que los grandes medios llamaron, despectivamente, “los cacerolazos del kirchnerismo y de la izquierda.” Pero entre los militantes kirchneristas hay una crisis de representación. El peronismo está girando a la derecha. Hoy vemos una idea de peronismo más moderado alentado por los medios (Randazzo, Massa, Bossio), y el kirchnerismo está quedando marginado por su rol en las causas de corrupción. Y como el kirchnerismo no arma un movimiento consecuente y sigue pegado al peronismo, creemos que hay muchos militantes que pueden encontrar ideas consecuentes en la izquierda.

¿Qué piensan sus socios en el Frente de Izquierda, en especial el Partido Obrero, sobre esta apertura?
Veo mucho conservadurismo político en el PO, ellos siguen sacando su semanario pero de a poco están renovando su página web. Leí una columna de (Jorge) Altamira y algunos comentarios de gente del PO diciendo que La Izquierda Diario es un diario muy generalista, que pone en la tribuna a los kirchneristas. Nuestra consigna en las elecciones en las que Nicolás Del Caño les ganó a Altamira fue “renovar y fortalecer el Frente de Izquierda.” Una izquierda que no se renueva en todos los terrenos es una contradicción de términos. Cuando lo sacamos dijeron que iba a ser como todos los proyectos editoriales de la izquierda, que no íbamos a poder sostener un ritmo diario y que íbamos a morir al poco tiempo, pero fuimos creciendo y hoy mucha gente lo sumó a su rutina informativa, está entre los portales que lee todos los días. Hoy lo más avanzado es estar en Internet, no sacar un diario impreso en un momento cuando todos los obreros tienen Facebook o está en grupos de Whatsapp.

¿Tienen pensado hacer traducciones de notas de afuera?
Todavía no lo hemos podido hacer, pero sería un servicio al público de izquierda en Argentina. Estamos por ejemplo pensando en traducir notas de la New Left Review.

¿Cómo ves a la izquierda de cara a las elecciones de 2017?
Dos datos. Uno: son legislativas y le dan más libertad al votante. A la izquierda le suele ir mejor en elecciones legislativas. Dos: el kirchnerismo está en crisis. Salvo que se arme un partido nuevo que tome las banderas del kirchnerismo, tenemos un espacio de gente que ha simpatizado con esa corriente que quiera votar a la izquierda.

Entrevista a Sergio Olguín


SERGIO OLGUÍN, escritor
(Buenos Aires, 1967)

Libro favorito: Si una noche de invierno un viajero, de Ítalo Calvino
Rutina informativa: “Empiezo leyendo Twitter y notas linkeadas por periodistas respetables. Luego Página/12, algo de Clarín y algo de Olé.”
Película favorita: Kaos, de Paolo y Vittorio Taviani

por Federico Poore



La cita es en el centenario Bar de Cao, en San Cristóbal.

En No hay amores felices, tu nueva novela, una periodista desnuda una red de dinero, corrupción y poder. ¿Hay en la novela, acaso, una versión más idealizada del periodismo que te tocó vivir?
Absolutamente. Verónica Rosenthal es una romántica con respecto al periodismo. Es como somos todos los periodistas cuando empezamos a trabajar, en nuestro primer año profesional, cuando creemos que con el periodismo podemos cambiar la realidad, influir de manera honesta. Los que trabajamos en periodismo vamos cambiando a medida que vemos que existen las presiones empresariales, políticas... Verónica se mueve mucho más libre. Es cierto que ella no hace periodismo político —hace Policiales—, pero también es cierto que ese vínculo policial termina en lo político. Hay un vínculo muy fuerte entre lo político y lo policial en mis tres novelas. Pero sí es un personaje idealista, tanto por su actitud como por cómo creo yo que debería ser el periodismo.

En la presentación de Betibú, de Claudia Piñeyro —otra novela con una periodista de protagonista— dijiste que el policial es el género por excelencia en la Argentina. ¿Es una estrategia consciente la de usar el policial para entrarle lateralmente a la cuestión política?
Es una excusa para entrarle a la realidad. El policial es la mejor forma de entrar a la literatura realista, un género bastante traqueteado que uno suele asociar con el realismo socialista, una literatura vinculada a lo social de una manera más remarcada. El policial toma más distancia pero permite hacer una literatura donde lo real se cuela por todas partes, y eso lleva a lo político.

Del caso María Soledad al accidente de Once (que, a propósito, tiene sus puntos de contacto con La fragilidad de los cuerpos) pasando por el asesinato de Cabezas, en Argentina lo político es policial casi de manera literal.
Es muy difícil desprender lo policial de lo que sucede en la sociedad. El primer hito en ese sentido fue el policial norteamericano de las décadas del ‘30 y del ‘40 que fundó un género, la novela negra. Todos somos hijos de la novela negra norteamericana, lo que pasa es que en Argentina esto tiene características especiales. En los policiales en cualquier parte del mundo, la novela termina cuando llega la policía, mientras que en Argentina comienza cuando llega la policía (risas). Eso le da características propias muy fuertes. También hay un riesgo: querer tomar posición con respecto a un hecho de la realidad por medio de la ficción ficción, porque terminás poniendo una narrativa al servicio de una tesis y eso siempre es malo para la literatura. El resultado de poner tu arte al servicio de una tesis política en general es malo, salvo que seas un genio como Picasso que puede pintar el Guernica. Siempre hay que tener en cuenta que estás escribiendo una ficción y no que estás contando la realidad tal cual es.

¿Por qué pensaste a Verónica Ronsenthal como heroína mujer?
Por un montón de razones. Tenía ganas de escribir una novela con una mujer protagonista y contar la vida de una mujer. Quería un personaje femenino que se comportara como un hombre en las novelas policiales: investigadores que se emborrachan, que se acuestan con todas las personas con las que se encuentran, que pueden llegarse a agarrarse a trompadas en cualquier momento, que no dan explicaciones a nadie... En suma, quería reunir las características masculinas del género en un personaje femenino. Pero al mismo tiempo, siempre me resultó muy divertido el universo femenino, por lo que otra cosa que quise fue que el personaje tuviera ese costado en el resto de su vida. Me pareció divertido, por ejemplo, narrar las discusiones con ella misma y con sus amigas alrededor de lo femenino y de cómo ser mujer. La suma de estos dos universos termina dando un personaje muy especial, rico en matices.

¿Reconocés influencias del policial nórdico? Pienso en novelas, pero también en series, como Bron/Broen.
No tanto en cuanto al tema de la protagonista femenina, que es previo a otras protagonistas femeninas — una es Saga Norén, que la amo — pero sí reconozco mi deuda con una serie de novelas de Liza Marklund, una autora sueca que es exitosa en el mundo y que acá pasó inadvertida. En varios de sus trabajos aparece el personaje de Annika Bengtzon, que también es periodista, y ese personaje me gustó mucho. Sí creo que la lectura de Henning Mankell y de Stieg Larsson y de otros autores suecos me influyó a la hora de ponerme a escribir este tipo de policial. A mí lo que me gusta del personaje de Mankell es que evoluciona. (Kurt) Wallander no es igual en la primera novela que en la última: va envejeciendo, su padre también, su hija crece... hay una evolución de ese personaje y es un poco lo que quiero hacer con las diez novelas que quiero hacer con Verónica.

¿Dónde rastreás el fenómeno de las mujeres heroínas? Por citar el ejemplo del cine, antes una película como Alien de Ridley Scott era la excepción, pero hoy las mujeres son protagonistas en todos lados, hasta en Mad Max.
Siempre han habido mujeres protagonistas — soy un gran admirador de la Mujer Maravilla y la Agente 99 — pero hoy tienen un lugar más protagónico en cuanto a las decisiones que toman, algo que por ahí antes estaba más limitado. Y en ese sentido, la narrativa argentina ha sido más lenta que en otros lugares. Ha habido una tradición machista muy fuerte, y no solo en Argentina, y ahí está el ejemplo de un escritor como Juan Carlos Onetti, un escritor absolutamente machista. Eso hoy me hace mucho ruido. Y eso no es porque yo cambié: cambié la sociedad.

¿De dónde sacás ideas para tus novelas?
Todo me influye, desde lo que leo en ficción (no tengo problemas en admitir a quién le plagio) hasta la realidad cotidiana. Todo escritor tiene un componente autobiográfico muy fuerte. Me divertí mucho en No hay amores felices por una cosa que le ocurre a Verónica en la novela hace que se tenga que mudar de Villa Crespo acá, a este barrio (San Cristóbal). Después, soy muy atento a los gestos de la gente, hasta cómo ponen la taza de café. Vivo robando, soy una especie de vampiro que le consume todo lo que puedo a los amigos y a la familia. Son una buena fuente de inspiración.

Esa forma de canibalizar comparte cosas con el periodismo, ¿no? Uno siempre está atento a ver qué puede robar para la producción propia.
En el caso de la ficción, esto viene de los estudios históricos de la vida cotidiana, algo que también se trasladó al periodismo. Hoy no hace falta contar la historia de un presidente: podés contar la vida de un mozo de un bar y ganar un Pulitzer haciendo eso — si lo hacés bien. Hay un interés por lo cotidiano, donde desde hace varias décadas la historia y la noticia diaria tienen más que ver con lo íntimo, con lo personal, con personajes comunes y corrientes.

Una vez que decidiste escribir una novela, ¿cómo es tu proceso productivo?
Siempre tengo una idea de un argumento, un personaje o varios, y algún episodio concreto. Después trato de encontrar un comienzo. ¿Dónde comienza esa historia, qué es lo que voy a contar, desde dónde voy a empezar a contar? Y ahí me largo a escribir. En general no tengo un final armado hasta la mitad de la novela; recién ahí me doy cuenta hacia dónde estoy yendo. Dicho esto, la historia de mi nueva novela tenía ganas de hacerla desde 1989. Quería escribir una historia, no sabía cómo, y recién la retomé ahora porque me di cuenta cómo empezaba, cómo terminaba, quiénes eran los personajes, cómo tenían que reaccionar. Se me ocurrió todo de golpe y escribí todo de corrido en dos meses sabiendo qué iba a pasar en cada momento. Pero eso no me ocurrió casi nunca.

Te autoimponés deadlines. ¿Te funciona ese método o alguna vez incumpliste tu meta?
Necesito deadlines por una cuestión periodística. Cuando comienzo una novela me preocupa escribir todos los días, aumentando los caracteres diarios. Y me pongo una fecha de finalización aproximada, de una primera versión. Una vez que empiezo la primera versión me relajo un poco más.

¿Qué evaluación hacés del actual momento político y económico en Argentina?
Era mucho más optimista cuando estaba por asumir Macri. No porque me gustara —de hecho no lo voté— pero pensé que el macrismo no iba a ser tan salvaje. Creí que iba a ser más respetuoso de sus propias banderas sobre la instituciones y la república; que iba a ser un gobierno liberal, pero que se iba a mantener en un momento respetuoso en cuanto a otras cuestiones, algo que no ha ocurrido. Es un gobierno salvaje, con un nivel de violencia y todo tipo de irregularidades que van más allá de las medidas económicas que toma. Pensé que al menos iban a tomar algún tipo de medida demagógica superficial, pero no: todas las medidas que se tomaron desde un primer momento fueron para beneficiar al sector más concentrado de la economía, y le hicieron caer todo el costo del ajuste sobre los sectores más desfavorecidos.

¿Cómo se ve al gobierno de Macri desde el mundo de la cultura?
Las políticas del macrismo para el sector está vinculado a lo que hace en el resto de las áreas. Los despidos en el área de Cultura siguen el patrón del resto de los despidos en el sector público: indiscriminados, sin importar los trabajos que desarrollaban sus empleados, o por motivos políticos. Relacionan militancia opositora con ser ñoqui, cuando son cosas distintas. En el campo de la cultura se vienen tiempos difíciles. La presencia del Estado en la cultura es fundamental, y en este sentido este gobierno viene mal.

Una versión en inglés de esta entrevista se publicó en la edición del 10 de abril de 2016 en el Buenos Aires Herald.

Entrevista a Lino Barañao


por Federico Poore

El ministro de Ciencia y Tecnología Lino Barañao es el único funcionario de primer nivel que sobrevivió al recambio de gobierno, y las huellas de aquella transición son visibles en los pasillos del ministerio ubicado en el barrio de Palermo. Antes de ingresar a su despacho, una foto sorprende al visitante: un grupo de científicos llevando una bandera que apoya el desarrollo de una "ciencia nacional y popular". Minutos después, ya en su oficina, otra fotografía de distinto tenor, más formal cuelga en una de las paredes: es un retrato del presidente Mauricio Macri.

Mañana se cumplen cuatro meses del gobierno de Macri. ¿Qué cambios tuvieron lugar en el área?
Nosotros veníamos con mucho impulso, por lo que lo que hicimos fue subir gente a un tren en marcha sin alterar el ritmo de trabajo. Hubo incorporaciones en el sector político, del PRO y el radicalismo, que entró por gente que decidió no seguir en esta gestión por estar más comprometida con la otra administración. Pero todo lo que es asignaciones de fondos sigue estando a cargo de la misma gente. Lo que sí se nota es que hay un más énfasis mucho más grande en el trabajo en equipo. Para empezar, hay reuniones de Gabinete. Antes me juntaba con mis colegas en los actos, en la previa al discurso arreglaba todo lo que tenía que arreglar con las otras áreas. Tenemos que mostrar avances mensuales y hay un mayor control presupuestario. Esta administración tiene como una de sus prioridades reducir el déficit fiscal y eso implica que todos debemos mostrar claramente por qué necesitamos la plata que estamos pidiendo. Nosotros tenemos un entrenamiento con esto por nuestro trabajo con organismos multilaterales de crédito.

¿Qué diferencia hay entre Mauricio Macri y Cristina?
Macri es una persona que viene de la empresa y pone mucho énfasis en ese tipo de cuestiones: qué es lo que vas a hacer, cuánto va a salir, qué resultados puedo esperar de esto. Cristina tenía un interés personal en la ciencia, es una persona que disfruta entendiendo cosas, y yo me relacionaba con ella a través de eso. La relación con Macri es muy formal, de respeto mutuo; la relación con Cristina era más pasional: nos peleábamos mucho, después nos amigábamos, pero a ella le interesaba lo que hacía y cada vez que le llevábamos un Premio Nobel hacía preguntas pertinentes. El énfasis de cada uno está en cosas distintas. Ahora hay una gestión más gerencial.

La inversión en Ciencia y Tecnología actualmente es del 0,62% del PBI. Una de las promesas de campaña de Cambiemos fue llevarlo al 1,5%. ¿Qué plazos se propone el gobierno para cumplir con esta meta?
Nuestra meta era llegar al menos al 1% que es lo que destinan los países desarrollados, pero ahí hay una trampa. Los países llegan a gastar el 1% cuando llegan a desarrollar un sector productivo que demanda tecnología. Si vos ves países como Alemania, tienen el doble del presupuesto pero repartido entre el Estado y las empresas. Si no tenés equipos de investigación en el sector privado, nunca van a demandar conocimiento del sector público. A mí no me sirve de nada tener el doble de investigadores del Conicet si no hay investigadores en las empesas que convenzan a los dueños de que necesitan determinado conocimiento. Eso se lo que va a cambiar el perfil productivo del país. Es una discusión que tengo con amigos y colegas científicos, que me dicen que está bien hacer ciencia y tener más becarios per se. Y no, no está bueno por sí mismo: depende lo que hagan. Ese argumento resulta de extrapolar un modelo propio del hemisferio norte, donde vos podés hacer lo que quieras porque sabés que hay un sector productivo que va a captar ese conocimiento y transformarlo en riqueza. En países como Argentina, eso no ocurre. Si no enfocamos adecuadamente el tema científico, va a pasar lo que pasa siempre: producimos conocimiento que se aprovecha de arriba. Tenemos que trabajar para reducir la brecha que nos separa de los países desarrollados.

¿Y cómo se hace eso?
Primero, que los científicos que vienen de universidades públicas sean conscientes que alguien le pagó la carrera universitaria. Hay una deuda, que no es financiera –como tienen los graduados chilenos– sino ética. No puedo decir “soy un biólogo excelente, puedo hacer lo que quiera que eso va a ser bueno”. No es así. El país tiene necesidades concretas. Uno tiene que pensar: ¿para qué puede servir lo que estoy haciendo?. Se habla mucho de la responsabilidad social empresaria, pero ¿qué pasa con la responsabilidad social del investigador? Desde la creación misma del ministerio dije que necesitábamos tipos involucrados por la realidad social. Ese es el tipo de ciencia que tenemos que hacer en Argentina: ciencia básica inspirada en el uso.

El presupuesto 2016 para el área es de $9.600 millones de pesos. ¿Se ajustó por inflación?
Se ajustó porque hubo una jerarquización del sueldo de los investigadores. La medida estaba dando vueltas hace dos años pero (el Ministerio de) Economía estaba remiso, Axel Kicillof no quería dar el aumento. Finalmente se empezó a pagar en noviembre, son 460 millones de pesos que tuvimos que incorporarlo en el presupuesto. Así que cuando nos preguntaron en qué podíamos economizar, yo dije “bueno, en verdad tenemos que aumentar un poco...” (risas). El programa de gastos de ajustó un poco, postergamos algunas cosas para que no impacten tanto en el primer semestre. Pero nos habilitaron para recibir US$750 millones del BID y US$47 millones más del Banco Mundial. Nuestra cartera de financiamiento está bien diversificada. Lo que vamos a tener es una readecuación.

En algún momento mencionó el tema de las publicaciones de argentinos en revistas internacionales como medida del éxito en la gestión. ¿Cómo se incrementó o no en estos años?
Tenemos un reporte que demuestra que ese nivel de incrementó de manera proporcional al aumento del presupuesto. Es decir, al tener más investigadores tenemos más trabajos publicados. Pero hay un dato más importante: aumentó la proporción de trabajos publicados en el top 1% de calidad. El dato más llamativo es cómo aumentó el número de publicaciones de argentinos en las revistas científicas más prestigiosas y cuántos de ellos son tapa de esas revistas. Hace unos años vino al país un agregado de ciencia del Reino Unido a ver cómo podía establecer vínculos acá, cuando todavía las relaciones no eran amigables, y lo que transmitió fue un estudio que decía que las relaciones de cooperación entre ingleses y argentinos daban mejores resultados que la cooperación entre ingleses y americanos. Los noruegos llegaron a la misma conclusión: que los trabajos con argentinos dan trabajos de mejor jerarquía. Pero ese es un sólo parámetro: no podemos juzgar a los investigadores sólo por lo que publican.

¿Qué otras formas existen para evaluarlos?
Hemos creado un sistema alternativo, complementario de evaluación: un Banco de Proyectos de Desarrollo Tecnológico y Social (PDTS). La idea es que los científicos puedan dedicar la mitad de su tiempo a la investigación y la otra mitad a, no sé, tratar de encontrar una bacteria que produzca un plástico biodegradable para tal empresa. Antes  eso no se evaluaba, ahora sí. La empresa –o una cooperativa– puede decir: sí, eso sirve. Necesitamos empezar a valorar esta contribución social. Una investigadora china que trabajaba en Alemania una vez me dijo: los investigadores chinos tienen que ser evaluados por el SCI y el SCI. Yo dije “se confudió, me dijo dos veces lo mismo”. Pero no:  lo que quiso decir es que los científicos deben ser evaluados por el Science Citation Index y por el Social Contribution Index. Antes el investigador era un paria, decía: “hago lo que me gusta porque total me pagan dos mangos, que no me vengan a decir lo que tengo que hacer.” Ahora se les paga mejor, no van a lavar los platos –algunos tienen lavavajillas– y la contracara es que tienen que justificar qué es lo que están haciendo.



RECUADRO
Nuestro hombre en Nueva York

La semana pasada estuvo en misión oficial en Estados Unidos.
Tuve varios eventos. El primero fue una entrevista con las autoridades de la Wildlife Conservation Society, estuve visitando el zoológico del Bronx, emblemático en cuanto a su un rol de conservación más que de exhibición de animales. Es un tema de interés del país porque tenemos una discusión sobre el rol del zoológico de Buenos Aires. Los zoológicos deben ser un lugar de conservación de la vida silvestre en los ecosistemas naturales y no un lugar de exhibición de animales que no están en su hábitat natural. Así que con la Wildlife Conservation Society tenemos una serie de proyectos vinculados a biodiversidad. Queremos empezar a formar profesionales en el tema conservación. El punto aquí es que la naturaleza no se va a recuperar por sí misma: ya no basta con que el ser humano se retire, ya tenemos que participar activamente para conservar. Hemos avanzado de manera tal que en muchos casos los cambios son irreversibles a menos que se tomen medidas concretas. Asistí también a una conferencia de Gustavo Stolovitzky, un investigador argentino trabajando en IBM, que está trabajando en una nueva manera de producir conocimiento, el crowdsourcing.

¿De qué manera funciona ese modelo?
A diferencia del modelo tradicional, del investigador individual, lo que podemos hacer ahora es poner una enorme cantidad de datos disponibles, formular una pregunta y que sean múltiples grupos los que interactúen entre sí para lograr una respuesta. Lo que se logra con esto es acelerar los tiempos. El caso que presentaron es el de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), donde lograron un algoritmo (una manera de interpretar la información) para llegar a resolver el problema en mucho menor tiempo.

Una versión en inglés de esta entrevista se publicó en la edición del 9 de abril de 2016 en el Buenos Aires Herald.