Entrevista a Santiago O'Donnell

"Algunos utilizaron la Embajada para debilitar al Gobierno"

El periodista Santiago O’Donnell habla sobre ArgenLeaks, el libro en el que expone los discursos de políticos y empresarios locales en la embajada de Estados Unidos.

Santiago O’Donnell, editor de temas internacionales de Página/12, acaba de develar algunos secretos. Tras combinar olfato periodístico, contactos propios y buena suerte obtuvo una exclusiva con Julian Assange, el hombre que sacudió los cimientos de la diplomacia internacional como editor y portavoz de WikiLeaks, y consiguió que la organización le cediera más de dos mil cables desclasificados del Departamento de Estado relacionados con la Argentina. Con ellos escribió ArgenLeaks.
En diálogo con Debate, O’Donnell revela los detalles de su encuentro con Assange -es el único periodista argentino que ha tenido contacto personal con él- y el contenido de algunos de los informes de la embajada de Estados Unidos. Desde su bar favorito en Constitución, insiste en mostrarse crítico con la “lectura parcial” que los diarios hicieron de los cables que se fueron filtrando y espera que su libro los aliente “a mostrar un poco más”.

¿Cómo hizo para conseguir una cita con el hombre del año?
Digamos que yo los busqué a ellos tanto como ellos me buscaron a mí. Estaba cubriendo las elecciones en Brasil y noté que había una periodista que publicaba WikiLeaks pero que no era parte de los diarios que tenían un convenio con la organización. Como me llamó la atención que una freelance publicara los cables, me contacté con ella y fui contactándome con la gente de WikiLeaks.

¿Es cierto que recibió los cables en un castillo inglés?
Sí, llegué ahí de una manera medio de novela de espías. Me tomé un avión hasta Londres, luego tuve que llamar a alguien en Brasil que se comunicaba vía chat encriptado con la gente del castillo, desde allí avisaron que me tomara tal tren y me bajara en tal lugar. Todo muy divertido y adrenalínico... Cuando llegué a Ellingham Hall me sentí muy tonto, porque todo el mundo sabía donde estaba, de hecho figura en Google, lo podés buscar.

Ahí tuvo lugar el encuentro con Assange.
Cuando lo vi no lo podía creer. Llegué una tarde que hacía mucho frío, le dije que quería escribir sobre él y sobre su persona. Me sirvió café y unas galletitas y me dijo: “Mi vida no es importante, lo que importa es lo que hago y lo que digo”. Le expliqué que una historia había que contarla a través de un personaje, es un poco el diálogo que reproduzco en el libro. Durante mi visita firmamos un contrato, me dio el pendrive y me fui. A la noche, en el hotel, tenía miedo de que viniera un espía, me envenenara el trago y se quedase con la información, así que me quedé toda la noche durmiendo con el pendrive en el bolsillo. Al día siguiente di un paseo, me tomé el avión y me volví. Ya en Buenos Aires me dieron la clave para desencriptar los documentos y cuando vi lo que tenía quedé impresionadísimo. Varias veces había obtenido documentos del Departamento de Estado americano a través de la Ley de Libre Acceso a la Información de Estados Unidos, pero era un esfuerzo que llevaba muchos meses. Pensaba que ya con una docena de documentos más o menos tenía una mina de oro, hacía un montón de tapas, y de repente me encontré con dos mil quinientos documentos. Me parecía buenísimo.

¿De qué tratan los cables de la embajada de Estados Unidos?
Cuentan una historia que a la gente le interesa. No sé si porque es chismosa, porque le importan las relaciones bilaterales o porque quiere saber qué hacen los poderosos en la embajada. La factura y calidad de los cables me parecieron muy variadas, aunque los funcionarios norteamericanos son irónicos, tienen sentido del humor y hacen muchos chistes en los subtítulos.

Algo que queda claro es que distintos grupos van allí por distintos motivos. Ciertos dirigentes opositores, por ejemplo.
Mucha gente de la oposición en algún momento utilizó la embajada como un lugar donde hacer política y debilitar al Gobierno. Otros no. La senadora María Eugenia Estenssoro, por ejemplo, decía que si un gobierno estaba débil y la embajada lo criticaba podía caer, y eso no era bueno para la Argentina. Pero políticos como Mauricio Macri o Ernesto Sanz pensaban que la embajada no criticaba lo suficiente al Gobierno, y creo que una lectura de los cables demuestra que la relación entre el Gobierno y Estados Unidos era mejor y más fluida de lo que mucha gente pensaba.

Generó cierto revuelo la visita de Sergio Massa, cuando se despachó contra Néstor Kirchner y lo llamó un “perverso”.
Varios ex ministros usaron la Embajada como confesionario. Algunos lo hicieron con más elegancia, pero Massa me sorprendió porque fue más agraviante hacia el matrimonio Kirchner que el más acérrimo opositor. Aunque esto lo veo desde un aspecto más personal: cada uno es lo que es y en estos cables se muestra mucho más, porque uno allí piensa que no lo graban y entonces se explaya de una manera un poco más sincera que en otras circunstancias públicas.

¿No le llamó la atención cierta sobreactuación de los funcionarios del gobierno nacional en el diálogo con los norteamericanos?
En todo caso, deja la duda de si sobreactúan en la embajada, sobreactúan en la Rosada, o sobreactúan todo el tiempo. O si simplemente son heterodoxos que admiran a Estados Unidos. Aunque por otra parte en lo más alto del Gobierno también vociferaban: es muy común en América Latina, en épocas electorales, hacer campaña en contra de Estados Unidos. Pero la buena relación es histórica, lleva ya treinta años. Desde el retorno a la democracia hay buenas relaciones, con sus altos y bajos.

¿Qué pensaba mientras escribía el libro?
Traté de no priorizar las consecuencias públicas de lo que escribía. De hecho me parecía suficientemente difícil editar y dar una imagen de lo que pasaba en la embajada como para ponerme a pensar qué significaba todo eso.

De todas maneras, entre los miles de cables y el producto final hubo un necesario proceso de selección, si bien más amplio que el que hicieron los diarios.
Tengo criterios políticos pero traté de privilegiar el criterio periodístico: pensar qué es de interés para la mayor cantidad de gente posible y que la ficha caiga donde tenga que caer. Es mi respuesta a esta “batalla” que se está dando: me parece que el periodismo no tiene que tomar parte en la batalla sino aportar elementos para que el debate se pueda dirimir de la manera más informada y virtuosa posible.

¿Cómo se logra eso?
Creo que alguien tiene que mostrar para que después la gente se pueda pelear con elementos importantes. Si nadie muestra nada, la pelea termina siendo una guerra de clisés, eslogans y discursos huecos. La discusión es más rica si se da en base a información. Ahí tiene que estar el aporte. Si todos somos los iluminados que le dicen a la gente lo que tiene que pensar y nadie se ocupa de exhibir o producir información, el debate público se empobrece.

¿Puede ser ése uno de los efectos provocados por WikiLeaks, que deje de tener sentido ocultar información al público?
Sí, aunque por ahora se sigue haciendo. WikiLeaks sostiene que la transparencia es igual al bien, que es mejor a lo no transparente. Es una ideología muy radical, no la suscribiría. A veces la discreción y el secreto sirven para algunas cosas, pero me parece que lo de Assange es una respuesta a un mundo donde hay demasiados secretos y donde muchas cosas se ocultan con la excusa de que a la gente no le hace bien saberlas. Es bueno que aparezca algo que cuestione este principio.

De alguna manera, los medios tradicionales siguen siendo los gatekeepers que regulan y jerarquizan todo ese torrente de información.
Todavía. No sabemos por cuánto tiempo más. En mi caso, antes que “ordenar” los informes me parece mucho más relevante publicar el cable de Héctor Magnetto, que no lo publicó El País, Clarín ni Página/12. Me parece que ese cable, por lo que cuenta, vale el libro entero. Para mí el libro no está vendiendo por jerarquizar los cables sino por tener aquéllos que los diarios no mostraban. De alguna manera, fueron los mismos diarios los que vendieron el libro.

¿Piensa que del enfrentamiento entre la radicalización de WikiLeaks y el exceso de secretos de los gobiernos puede salir una síntesis superadora?
WikiLeaks interpela al poder desde ese lugar.

En suma, ¿cuál cree que es el aporte que hace con ArgenLeaks?
Todos los periodistas sabemos muchísimo más de lo que contamos. Nunca cuento todo lo que sé porque no me atrevo y no estoy dispuesto a pagar el costo. Pero creo que al mostrar un poquito, mostré lo mucho que no muestran los medios. Si esto los alienta a exhibir un poco más y bajarse un poco de la otra política, sería una línea de contribución. Así al menos podemos empezar a abrir un debate sobre el “periodismo militante”, y qué se pierde y qué se gana con esa nueva tendencia.