Entrevista a Guillermina Tiramonti

Secundaria sin barreras
Pese a la entrada de nuevos sectores sociales, la escuela media sigue teniendo dificultades para incluir a todos. Propuestas para adaptarla al presente.

por Federico Poore
Clarín Educación, 06-10-2011

Viejas recetas para nuevos problemas. Así podría resumirse la encrucijada en la que se encuentra hoy la escuela secundaria, luego del ingreso de muchos alumnos que antes no se escolarizaban y que pide a gritos repensar todo el nivel. “El desafío es constituir un espacio que contenga jóvenes de distinta procedencia social”, asegura a Clarín Educación Guillermina Tiramonti, directora de una investigación sobre el tema compilada en Variaciones sobre la forma escolar. Para la especialista de FLACSO, “la escuela media no fue pensada como una institución para la universalización sino como un dispositivo que selecciona, por eso hay que actuar sobre ese dispositivo para poder transformarlo en un espacio donde puedan concurrir chicos de distintos sectores socioculturales”

-¿Cuál es el principal problema de la escuela media hoy?
-Diría que son sus serias dificultades para convertirse en un espacio que dialogue con la nueva configuración cultural. En otras palabras, le cuesta seguir siendo una institución de transmisión de conocimientos y no sólo un espacio de socialización de los jóvenes.

-Uno de los puntos de partida de su investigación es que existe un cierto sesgo en la secundaria hacia un “alumno de clase media”, que el ingreso de nuevo sectores no logró cambiar.
-Efectivamente, la escuela tiene un patrón de socialización funcional a las clases medias urbanas. Entonces cuando reciben chicos de otro sector sociocultural lo que hace es un proceso de selección negativa. “Acá vienen todos, está abierto a todos”, pero cada uno hace lo que puede para promoverse. Y los que pueden son los que están más cerca del patrón sociocultural que propone la escuela, que son las clases medias. Aunque también observamos que se han ido inventando nuevas instituciones que, sin romper con la clásica institución moderna, ensayaron algunos cambios destinados a mejorar las posibilidades de los chicos de los sectores socioculturales más bajos.

-¿Qué evaluación hace de estas experiencias?
-Los Centros de Actividades Juveniles (CAJ) y las Escuelas de Reingreso (ER) son formas de organizar la escuela que disminuyen el sentimiento de fracaso de los chicos. Los alumnos hacen trayectorias personalizadas, van cursando las materias que pueden y entonces no pasa como en la escuela tradicional, donde si desaprobás tres materias tenés que repetir todo. También muestran que cuando se recompone el vínculo entre alumno y docente es más fácil que se produzca exitosamente el proceso de aprendizaje.

-Aunque también existen limitaciones…
-Sí, en tanto implican una segregación de la población y terminan siendo “escuelas para pobres”. De hecho, no piensan en modificaciones culturales sino que repiten el núcleo más básico de la escuela tradicional, la organización por disciplinas. La escuela media sigue anclada en un paradigma cultural que ya fue.

-¿Por qué frente a la crisis del sentido aparece la idea de reinstalar instituciones modernas como la escuela, sin discutirlas?
-Porque cubre el bache dejado por otras instituciones, como el club de barrio, o el achicamiento del mercado de trabajo. Sin embargo, está perdiendo relevancia cultural en tanto es reticente a articularse con la nueva cultura de la información y el conocimiento. El desafío es mantener la escuela, el tiempo social en el que los jóvenes están ahí, con una institución más amigable para las actividades, las formas de aprender y conexiones actuales con el conocimiento. La escuela seguiría siendo una institución de transmisión del conocimiento, pero adquiriría una nueva relevancia cultural. Es cuestión de empezar a ensayar modificaciones de a poco en el conjunto del sistema educativo.

-Sin embargo, cuando uno propone modificar el aula se encuentra con políticos que entienden que la escuela sirve para “protegernos de jóvenes delincuentes” y gremios que dicen “yo doy matemática de sexto, no me cambien nada”.
-Justamente, nombrás a dos actores resistentes. Los políticos no entienden mucho qué es el cambio cultural, y los gremios hacen una defensa de la organización del trabajo docente tal cual está porque cada disciplina está atada a un cargo. Ahora, los gremios tienen que darse cuenta de que si la escuela no vuelve a constituirse en un espacio relevante, van a estar defendiendo intereses no de docentes sino de asistentes sociales, cuidadores, disciplinadores, y me parece que los docentes tampoco quieren eso. Espero que esta realidad los sacuda y se pongan a la vanguardia del cambio.

-¿Qué evaluación hace del fin del polimodal y del retorno de la “vieja secundaria”?
-Lo que ahora se plantea es que la baja secundaria otorgue una formación básica común y luego la posibilidad de distintas orientaciones en relación a intereses, gustos y articulaciones con el mercado laboral. Pero esto no sirve de nada si seguimos haciéndolo sobre la base de mantener ese núcleo invariable de doce disciplinas. Me parece que son parches para salvar una cosa que ya no funciona más. Hay una nostalgia por la vieja secundaria que mistificamos y pensamos como perfecta, un oportunismo instalado por ciertos políticos para hacer contacto con esa idea de que alguna vez tuvimos una escuela secundaria maravillosa. Fue interesante para su época porque estaba anclada en una cultura que en aquel momento era hegemónica –la ilustración y el enciclopedismo– y porque era para muy pocos. Entonces no podemos retomar aquello para hacer una secundaria universal en un contexto cultural completamente distinto a la de hace sesenta años.

-¿Estaría de acuerdo con implementar un examen al finalizar la secundaria, como se hace en Brasil y Chile?
-No, porque no creo que haya una medida única y aislada que modifique o cambie los males de la institución. Eso sí, al poner un examen al inicio tenés mayores posibilidades de eliminar a aquellos alumnos de sectores medios bajos que son ajenos a la cultura de las universidades. En Chile al finalizar la secundaria hay un examen que habilita para poder ir a anotarse a las universidades y que –al igual que todo el sistema superior– es pago. En Brasil existe un examen de ingreso a las universidades muy duro, que para aprobarlo tenés que haber ido al circuito escolar privado. Me parece que los exámenes no pueden ser pensados como sistemas neutrales para decidir quién se queda y quién se va, si no terminan favoreciendo a los que ya han sido históricamente favorecidos. Si la Argentina quiere ser coherente con una tradición más igualitarista lo que tiene que hacer es empezar a desarrollar estrategias adecuadas al interior de las instituciones que brinden elementos y recursos que los alumnos necesitan para progresar con sus carreras.