Entrevista a Marco Enríquez-Ominami

"Chile ya no es el mejor alumno"
Marco Enríquez-Ominami, ex candidato presidencial chileno y líder del Partido Progresista, cuestiona a la dirigencia tradicional y propone alternativas al modelo económico del país.

por Cecilia Escudero y Federico Poore
Debate, 05-05-2012

Marco Enríquez-Ominami es una figura que desarma el tablero político chileno. “Emergente, rupturista, o como quieran llamarme. Pero siempre singularizado como algo distinto a la gerontocracia que gobierna Chile desde hace veinte años”, sostiene este filósofo y director de cine, que en 2008 dio un portazo a la, por entonces, gobernante Concertación para crear su propio espacio político. Al año siguiente, como candidato independiente y progresista, compitió en las presidenciales contra dos gigantes: la coalición de centroizquierda de Eduardo Frei y la alianza conservadora, que encabeza el presidente Sebastián Piñera. En esa elección, Enríquez-Ominami obtuvo un sorpresivo 20 por ciento de los votos, producto -según aclara- del “hambre feroz de alternativas políticas”. Con 39 años, el líder del Partido Progresista de Chile (PRO) habla sobre sus propuestas de cara al recambio presidencial de 2013, al tiempo que apoya la política argentina de expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF. Además, como hijo del fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) Miguel Enríquez, muerto por la dictadura pinochetista, e hijastro del histórico dirigente socialista Carlos Ominami, evalúa el peso de su propia ascendencia familiar.

¿Qué balance hace de los dos años de gobierno de la derecha en Chile, luego de las dos décadas de la Concertación?
Creo que la presidencia de Piñera es el quinto gobierno de la Concertación. Es una administración que potencia una sociedad donde la demanda y la libertad individual están más garantizadas que la oferta y la igualdad; donde existe una desconfianza radical hacia las instituciones y una confianza absoluta en el individuo. Entonces, es idéntico a lo que teníamos antes. Aunque ahora el panorama se agudice en razón de que el lenguaje político del gobierno es liberal o neoliberal en extremo. Pero en términos de políticas sustantivas, Piñera y la Concertación son lo mismo. Por este motivo, en Chile, hoy la izquierda y la derecha son puras etiquetas sin contenido. Vivimos en el país más desigual de la OCDE, en el continente más desigual del mundo y en el más sangriento sin guerras del globo. Los chilenos vivimos en una sociedad donde no hay universidades públicas y gratuitas. Me pregunto en qué momento gobernó la izquierda.

Los estudiantes dicen ser herederos de un modelo instaurado por la dictadura de Augusto Pinochet. ¿Coincide?
Totalmente. En 2009, propuse una reforma tributaria no sólo porque me parece justa, sino para financiar la educación pública. Piñera y la Concertación me acusaron de populista. Los estudiantes lo plantean bien, son muy lúcidos.

¿Puede decirse que el movimiento estudiantil puso sobre la mesa un debate sobre el legado de la dictadura que parecía cerrado en Chile?
Los estudiantes son fascinantes, tienen toda nuestra admiración y respaldo. Pero debemos ser cuidadosos de no establecer a Pinochet como un parteaguas. Ésa es la estrategia de la centroizquierda que gobernó 20 años en Chile, que dice que “Piñera es Pinochet”. Entonces, todos contra Pinochet. La Concertación pretende tener el monopolio de la moral. Da lo mismo si ellos son buenos o malos; lo importante es que los otros son pinochetistas. Con ese argumento ganamos durante dos décadas. En 2009, sentí que habíamos llegado a un punto en el que la figura de Pinochet ya no era el parteaguas suficiente. Por eso, me presenté como independiente. Y lo dice alguien que fue víctima directa del dictador. Creo tener alguna legitimidad en el tema. Pinochet es el gran responsable del diseño de país que hoy tenemos. Pero fueron 17 años de dictadura, luego vinieron 20 de democracia. Entonces, ¿herencia de quién es?

¿Por qué no se pudo avanzar con una agenda progresista?
Quizá porque no se quiso. Fui diputado entre 2006 y 2010. Durante tres de esos cuatro años formé parte de la Concertación. Y dos de esos tres años fuimos mayoría en la Cámara. Entonces, me pregunto, ¿por qué, en ese tiempo, no legislamos sobre educación pública, matrimonio igualitario, reforma tributaria, etcétera? Todo era “no”. Me decían, “no, Marco, lo que pasa es que tenemos que aparecer como socialistas responsables”.

Actitud que siempre cosechó elogios por el mundo…
Sí, como el mejor alumno de América Latina. Bueno, se acaba de caer el mejor alumno. Los estudiantes no fueron el único terremoto de Chile. De hecho, hubo un terremoto real a comienzos del mandato de Piñera que desnudó la pobreza en que vivía -y vive- la población del sur de Chile. A mí no me sorprendió ese hecho. Pero las elites chilenas, la prensa y la opinión pública se sorprendieron y se quedaron sin discurso. Decían, “cómo, ¿tan pobres éramos?”

La popularidad de Piñera cayó a niveles históricos, pero la Concertación también está deslegitimada. ¿Los planteos que usted hace tienen eco en la sociedad?
Todavía no logro construir una gran mayoría. Pero ése es mi desafío. Chile es un país clasista, de castas, y ofrece dos alternativas, la revolución o la vía electoral. Opté por el camino del Estado de Derecho. Fundé un partido de cero con 37 años. Ése ya es un mensaje. Por eso, soy considerado un rupturista, un independiente, o como quieran llamarlo. Pero siempre singularizado como una cosa distinta a los partidos convencionales, en la vereda de enfrente de una gerontocracia. Hasta ahora no me ha ido mal: veremos qué pasa en seis meses cuando haya elecciones locales. Además, debido a la reciente modificación de una ley, cerca de cuatro millones de jóvenes se incorporaron al universo electoral, por lo que se rejuveneció el padrón. Creo que tenemos una oportunidad gigantesca. Como en 2009, hay un hambre feroz de propuestas alternativas.

Su espacio parece ofrecer una suerte de disputa simbólica respecto de qué es ser progresista en Chile. ¿Es así? ¿Cómo es la situación del PRO hoy?
Sí, claro, está en disputa. Hay varias definiciones de progresismo. Desde una óptica más emocional, el progresismo es empujar las líneas de una sociedad, es progreso. En mi caso, por ejemplo, cuando hablo del aborto, lo hago porque pienso que quien es incapaz de hablar de este tema es incapaz también de derrotar la pobreza. Para hablar de aborto, en un país católico como Chile, hay que tener coraje. En mi caso, tengo la convicción de que la mujer tiene derecho a decidir, pero también plantear esto es mi manera de sacudir el tablero. Si resolvemos esa controversia, estaremos juntos para otras discusiones. El progresismo que nosotros defendemos es la unión de dos agendas, que siempre estuvieron separadas. La de los ecologistas, que plantean la sustentabilidad del sistema, y la de la izquierda, que se centra en la distribución de la riqueza. Temas para nada menores en países como los nuestros, que son productores y exportadores de materias primas.

¿Cuál es el modelo de desarrollo que plantea su plataforma política?
La derecha avergüenza cuando intenta invisibilizar al Estado, cuando no entiende que la esfera pública subsume a la esfera privada, que no es lo mismo Estado y mercado. También es otra ignominia cuando la izquierda no pronuncia la palabra mercado y luego, cuando gobierna, cómodamente trata con él. Creo que hay que tener una posición sobre el mercado. Nosotros proponemos una economía mixta, donde el Estado sea más fuerte en algunas áreas, como en recursos naturales, previsión, vivienda, salud, educación y transporte. En al menos esas seis áreas de nuestra economía quisiera un Estado más fuerte.

¿Cuál es su opinión respecto de la reciente decisión del gobierno argentino de expropiar parcialmente YPF?
Fuimos la única fuerza política del país que se pronunció en respaldo a la medida. Me parece que la defensa sobre los recursos naturales es completamente legítima. Chile es el caso inverso. No somos dueños de nuestras aguas, por ejemplo. El 70 por ciento está en manos de una empresa privada italiana. Sobre YPF, acuerdo con el presidente uruguayo, José Mujica, que dijo que el error no se da ahora, sino que el error fue haber privatizado.

Un eventual gobierno suyo, ¿intentaría recuperar los recursos que perdió Chile?
Por supuesto. Los que sean considerados estratégicos, sí. Para mí, el Estado es el brazo y el mercado, la herramienta. Entonces, quiero una regulación sobre el mercado, que, al mismo tiempo, no sea una mala palabra. Chávez en el Orinoco está asociado con el mercado. YPF integra a privados. La cuestión es cuál es la estrategia gubernamental para proteger y gestionar esos recursos. También estoy abierto a la discusión sobre la existencia de un Estado regulador con medios públicos. Me parece bien que haya medios públicos y privados. Y la televisión pública nuestra es completamente insuficiente. Se trata de una televisión que tiene el mismo modelo de la universidad, que debe autofinanciarse.

En Chile, las concesiones para transmitir televisión se otorgaron de manera indefinida.
¡Eso es un escándalo! Soy el único que lo ha denunciado. Pero el asunto es aún más grave. Hay una licencia indefinida que la Iglesia Católica obtuvo gratuitamente en los años 60. Y cuando llegó la TV digital, con la posibilidad de revisar la duración de las concesiones, se obstruyó el debate.

¿Cómo fue aquel episodio?
Era diputado por el Partido Socialista, el de Salvador Allende, se supone que laico, ¿no? Entonces, en el marco de la discusión por la TV digital en el Parlamento, pregunté por qué los socialistas íbamos a pasar a la historia como los imbéciles que volvieron a entregar el espectro indefinido al Vaticano. Ahí ya estaba defendiendo la república laica. ¡Lo mínimo! Pero quien impulsaba esta política, el ministro de Telecomunicaciones de Chile, René Cortázar Sanz, del gobierno de Michelle Bachelet, me decía que no fuera ingenuo, que debíamos llevarnos bien con el arzobispo, con la Iglesia. Dos cosas tremendas ocurrieron después, que yo mismo había advertido en su momento. Primero, la Iglesia vendió el 62 por ciento de su concesión a un privado, es decir, lucró con algo público. Segundo, al día siguiente de que Cortázar Sanz dejara el cargo de ministro, comenzó a trabajar en el canal católico por el que había peleado la concesión.

En 2013, entonces, ¿peleará por la presidencia de país?
Sí, los progresistas estaremos presentes en las elecciones de 2012 y 2013.