Francotiradores

Francotiradores
Entre el sarcasmo y la denuncia, los textos de la antología Holy Fuck son un aporte a la discusión sobre la cultura política kirchnerista.

por Federico Poore
Debate, 07-04-2012

Un grito de desesperación ante la hegemonía cultural del peronismo. Una tentativa afiebrada por sacudir la corrección política del discurso progresista. “El último intento por humanizar la escena política argentina”, aunque los resultados –admiten sus autores– “no podrían haber sido peores”.
Ésta es la historia de Holy Fuck. Hablando de kirchnerismo con el recaudador de impuestos, un libro que compila los textos centrales del blog Los Trabajos Prácticos (http://www.bonk.com.ar/tp), que funcionó con cierta regularidad entre 2004 y 2010. La obra marca el debut de la editorial Garrincha Club y puede leerse como un recorrido crítico por algunos íconos de los años K como Cromañón, Sandra Russo, Horacio González o León Gieco.
Los responsables detrás de estas crónicas son, en su mayoría, escritores y periodistas nacidos en los sesenta y setenta: Santiago Llach, Guillermo “Huili” Raffo, Fabián Casas y Esteban Schmidt (este último más conocido en el ambiente literario como el autor de The Palermo Manifesto). Sus textos, asegura Casas, se proponen desmontar los lugares comunes del progresismo culto “que divide al mundo entre buenísimos y malísimos sin contradicciones de ningún tipo”.
El resultado es un caleidoscopio de impresiones políticas y estéticas, una suerte de obra conceptual de la llamada “izquierda democrática”. Abundan las críticas a los manejos políticos del PJ, las intervenciones de los intelectuales nucleados en Carta Abierta, el rol de las organizaciones armadas de los setenta o las agachadas de empresas de medios como Clarín y Página/12.
Pero el libro no se agota en sus intenciones sociales. Holy Fuck es también la crónica de un proyecto independiente. “Armamos el website en una semana y nos pusimos a escribir boludeces, a pensar en voz alta, a jugar un rato todas las mañanas. Había rispideces, pequeños indicadores de consmovisiones opuestas que ignorábamos por cortesía o conveniencia, pero nada serio”, cuenta el cineasta Huili Raffo, que coordinó y editó el sitio desde East Sussex, Inglaterra. “Y entonces pasó algo extraordinario, insólito, impensable: apareció gente. ¡Lectores! Tipos que caían ahí de causalidad y se sumaban a la conversación”.
Rápidamente, Los Trabajos Prácticos (o TP) se convirtió en un lugar de referencia para el mundo bloguero local, unos años antes del nacimiento de Artepolítica, un sitio más cercano al kirchnerismo. Con el tiempo se multiplicaron los relatos de colaboradores como Ivana Steinberg, Hernán Iglesias Illa y Eliseo Brener, así como los aportes del filósofo Roberto Gargarella y las furiosas diatribas del crítico de cine Quintín. A lo largo de los años, su “consejo editorial” discutió y escribió sobre cuestiones como el cese de contrato de Pepe Eliaschev en Radio Nacional, la denuncia de censura de Julio Nudler o las políticas culturales del kirchnerismo. Los formatos -mailing list, podcast, columnas de opinión- y tonos elegidos -denuncia, sátira, declaración de principios- fueron lo de menos. Lo importante era participar.
Esta pluralidad de voces nutrió algunas de las páginas más irreverentes y originales del sitio. Pero al mismo tiempo se volvió un obstáculo para la convivencia entre sus impulsores. “La descomposición de TP comenzó con pequeños síntomas”, recuerda Brener en uno de sus textos que, al igual que el resto del libro, no rehuye a la autocrítica. El armado cronológico de la publicación –otro de sus aciertos– permite adivinar las tensiones que el kirchnerismo introdujo en el mundo intelectual. “Sin el kirchnerismo los provocadores estábamos mejor, porque Kirchner en ese cargo, habitualmente reservado para moderados y diplomáticos se puso encima mucha provocación, entonces nos quedó menos por denunciar, por subrayar, por decir ajá”, explica en el libro Schmidt, que militó durante diez años en la UCR. Entre enojado e irónico, Iglesias Illa completó: “La calidad del debate público y semipúblico en la Argentina es lamentable y el kirchnerismo tiene, según, mis cálculos, el 76,8 por ciento de la culpa”.
El periodista Ernesto Semán –que en algún momento del trayecto se convirtió en funcionario del consulado argentino en Nueva York– fue más visceral en su balance: “TP estaba plagado de citas. Armados de ambición, Google y las últimas reservas de una educación pública de calidad, había que discutirle o celebrarle a Beatriz Sarlo, toda su obra, en un par de páginas, habiendo leído el uno por ciento de lo que ella había revisado para escribir un solo artículo”.
Más allá de la provocación de Semán (“escribiendo política desde el desinterés por la misma, éramos taxistas con terciaria completa y tiempo libre”, dispara), los más de cincuenta textos incluidos en el libro dan cuenta de un malestar aún no resuelto. De deudas intelectuales y políticas por saldar. De la necesidad de repensar, desde un lugar políticamente incorrecto, cuestiones como la experiencia del Frepaso o la figura de Néstor Kirchner.
Por sobre todas las cosas, estos ensayos exhiben la resignación de un grupo de personas ante un punto muerto en el estado del debate porque –según la imagen desoladora de Raffo– “cada una de las personas que gobiernan o agitan, conspiran, militan, hablan, escriben, llaman a las radios, dejan comentarios en los blogs, sosteniendo esa visión altamente ideologizada de las cosas que se puso de moda hace unos años y se sigue intensificando a medida que todo se vuelve más pobre, más peligroso y más ridículo”. De allí que parezca tan lejano el objetivo declarado, acaso modesto, de compatibilizar las convicciones políticas de cada uno “con un mínimo grado de honestidad y de curiosidad por el mundo”.
Por medio de relatos muy bien escritos y bellísimamente ilustrados, Holy Fuck narra el fracaso de un proyecto. Proyecto que, en tiempos de agitaciones estériles, sigue siendo una apuesta necesaria.


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Textuales de Holy Fuck

“La inteligencia del kirchnerismo fue la de darle a miles de víctimas -de sí mismos, de la dictadura, de sus padres, más que nada de sus padres, pero también de la discriminación, de la exclusión social, del tipo de cambio, de la pobreza intelectual de sus mayores- el carnet de membership para el Club de los Portadores de Sentido, espejitos de colores, algo que la izquierda ha repartido mucho a lo largo de la historia”. (Huili Raffo)

“Cuando empecé a leer Los Trabajos Prácticos, y después a escribir dailies, ser no kirchnerista me parecía una manera fácil y sensata de hacerme el interesante. En el fondo, pensé, lo cool siempre está en la oposición: no hay nada más nabo que ser oficialista. Pero el kirchnerismo enhebró una pirueta insólita. Desde 2003, en la Argentina se puede ser al mismo tiempo oficialista y punk, central y periférico, institucional y tirapiedras, mainstream y chiquito, grasa y elitista, ministro y montonero: el Gran Rex y el Cosmos, Puán y La Matanza, Corrientes y off Corrientes.” (Hernán Iglesias Illa)

“Esto no es una guerra, hermano. Nos encanta jugar a los solidaditos montoneros, soñamos con una reproducción en miniatura del asalto erpio al Cuartel de Chihuahua en nuestro hogar. Los que tengan ideas estratégicas para una decoración hogareña tipo museo de la política están invitados a mi modesto PH en la esquina de Banchero. Pero eso: de este lado no hay fierros, ni del otro tampoco. Ni vos sos un hijo de puta, ni yo tampoco. No existen tales lados, bandas, facciones o como lo quieras llamar. Siamo en la lucha simbólica de los tiempos que corren”. (Santiago Llach)

“Tirábamos piedras contra las ventanas, enojados porque la política la hacían otros, los libros los publicaban otros, las editoriales y las películas y las cátedras eran de otros. Lo trágico es que eran de otros como nosotros, si hasta habíamos ido juntos al colegio, y ahora eran ellos los que se sentaban detrás de los escritorios. O peor aún, los que habían acumulado tanto que ostentaban sencillez. Aquel que Manejó Los Destinos De La Nación y aún así te recibe con Nescafé, detrás de una mesa de fórmica. Pero en algún lugar les habíamos perdido la marca y ahora nos preocupaba dejar en claro que el ascenso de ellos demostraba una vez más la banalidad del éxito y no nuestras limitaciones. Como una cosa, efectivamente, quitara la otra”. (Ernesto Semán)