Lanata desde la tribuna

Uno es la estrella del show político de televisión más exitoso desde los tiempos de mayor repercusión de Bernardo Neustadt, hace dos décadas. El uruguayo, dueño de una voz potente, quemó las naves cuando vio aproximarse la ley de Medios y agita las mañanas radiales. Sus miradas contrapuestas sobre la puja entre Clarín y el Gobierno los arrojaron a las antípodas. Un cronista de VIERNES visitó ambas trincheras. Así lo cuenta.

[Nota publicada en tándem junto a Víctor Hugo desde la pecera


por Federico Poore
Ámbito Financiero, 12-10-2012

"Voy a abrir el programa desde el camarín, después vengo. No hagan quilombo", nos advierte Jorge Lanata. El reloj marca 21.40 y la tribuna de "Periodismo para todos" -unas ochenta butacas en el estudio D de Canal 13- está casi repleta. El conductor prende el primer Benson & Hedges de la noche, que saca del bolsillo de su traje de gamuza verde, y desaparece detrás de una puerta blanca.

En el piso suena INXS. Algunas de las personas del público matan el tiempo observando el televisor sobre sus cabezas, un 29 pulgadas de los viejos que muestra al humorista y conductor José María Listorti en el cierre de "Cantando por un sueño", que en su décima gala araña el millón de espectadores.

"Ahora ponemos música y levantamos un poco", promete Lucas, el coordinador de la tribuna. Acto seguido le ordena a un grupo de la tercera fila que se mueva un poco más allá, es decir, la punta izquierda de la tribuna, donde nace un espejo que -viejo truco televisivo- aumenta la sensación de profundidad. Cualquier pedido de disculpas por esta incomodidad es devuelto con una mirada cómplice.

Finalmente llega la música prometida. A volumen considerable, navega entre las décadas del ochenta y el noventa: Nirvana, el britpop de Blur, algo de Madonna. El clima se interrumpe porque el productor empieza a probar diferentes cortinas para abrir el programa. Finalmente, elige una melodía apagada, grave.

Dos franjas etarias sobresalen entre el público. Los "grandes" tienen entre 40 y 55 años, chaleco encima de la camisa celeste. Ineludible afinidad con los rostros de la protesta cacerolera. Entre el resto de la concurrencia encontramos a quienes podrían ser sus hijos, un público sub-23 que sin dudas existe, e insiste, más allá del discurso (antojadizo) que dice que la gran mayoría de los jóvenes son kirchneristas. Una de las chicas -tendrá unos dieciocho abriles- habla por celular y cuenta que hoy está sentada "más o menos por donde estuve la última vez". A simple vista, todas se alisaron el pelo, están maquilladas, ostentan ropa colorida y usan plataformas altas. Vinieron con amigas al programa. La escena, alegre, distendida, se parece bastante a ese ritual adolescente al que remiten ciertas publicidades de bebidas.

Más atrás, dos hombres que pasan la treintena hablan mal de Mauricio Macri. El primero cuenta que se cruzó al jefe de Gobierno en la calle y alcanzó a increparlo por el sistema de transportes. "¡Hiciste una bicisenda en Juncal!", dice que le reprochó. Su interlocutor prefiere apuntar los dardos al sindicalismo. "Conocí a un tipo que decía ser uno de los secretarios de la CGT, tenía una casa en el country donde vive mi papá. Un día vinieron a verlo. Esperaba un Fiat 600, pero todos venían en Audi", ilustra, antes de coronar su comentario con una sentencia: "Ese tipo tiene cara de tránsfuga, te das cuenta por el tamaño de la papada". Música para la tribuna de un programa que analiza a la clase política en clave de prontuario.

Entra al estudio Martín Bilyk, el imitador de Aníbal Fernández, disfrazado de boxeador. Tiene falsos auspicios de CN23 y Tiempo Argentino, la llamada "prensa oficialista". El público lo recibe con aplausos, pero Bilyk todavía no está metido en el personaje: ensaya junto a dos productores cómo entrar al ring de fantasía que prepararon para su sketch. Mientras tanto, otros empleados del canal acercan una gigantografía de Macri al estudio. Tal vez aparezca un informe contra el jefe del PRO. Pero no, sólo está ahí de punching-ball del senador del Frente para la Victoria.

Los críticos de Lanata yerran el tiro cuando buscan deslegitimar a su público por cómo se viste. Lejos de ser motivo de culpa, los patrones de consumo de este ABC1 multigeneracional son un lugar de resistencia, una oposición simbólica a las políticas económicas encaradas por el kirchnerismo. ¿Cómo decodificar la presencia de esos sweaters Tommy Hilfiger sin tener en cuenta que también están ahí para decir "tomá, esquivamos las trabas de Moreno"?

La imagen del exdirector de Crítica en su camarín se proyecta sobre el fondo del estudio vacío. Antes de salir al aire, este hombre de 52 años y barba canosa se limita a mirar fijo a la cámara, como quien desafía a un contrincante. Lo que en realidad espera, durante eternos diez minutos televisivos, es que Listorti cierre su concurso musical. Se sienta. Enciende el segundo Benson. Finalmente, la indicación en off. Diez segundos. Cinco, cuatro, tres, dos. Aire.

"Éste es mi camarín. Es un quilombo, estuvieron tratando de ordenarlo", fantasea. Su decisión de no abrir desde el estudio es una ruptura estilística. "Quería decirte algo muy importante", revela a sus televidentes. La idea de tutearlos así en un momento de supuesta solemnidad no hace más que dejar en evidencia lo artificial del recurso. "Quería hablarte del 7D".

El 7D es el 7 de diciembre, fecha en la que -según la Corte Suprema- finaliza la medida cautelar que el Grupo Clarín presentó para quedar exceptuada de la acción de la Ley de Medios Audiovisuales, norma que el propio Lanata había apoyado en 2009 desde su programa en Canal 26. El monólogo sigue y la tribuna escucha atenta comparaciones con las políticas encaradas por la Venezuela de Hugo Chávez.

A la vuelta del corte aparecen los primeros "fuck you". A esta altura son conocidos. Se trata de una sucesión de fotografías en las que distintas personas muestran el dedo mayor, acaso la contracara de los saludos y los dedos en V que practican los seguidores de "6,7,8". Hay algo lúdico en estas imágenes, sobre todo en los "fuck you". ¿Están dirigidos a Cristina? Sea como fuere, queda claro que la versión 2012 de este insulto no presenta la bronca moderna del "que se vayan todos". Es, antes que nada, una especie de saludo que se sirve con una canción de Lily Allen. Irónico, posmoderno. Cínico, tal vez.

La parte "fuerte" del programa, que periodistas y amigos se encargan de vender a lo largo de la semana, son los informes. Una de esas notas incluye partes de una entrevista al intendente de Lanús, Darío Díaz Pérez. El programa acusa al jefe comunal de habilitar un emprendimiento privado sobre un predio que funcionó como centro clandestino de detención. Años atrás, en un famoso monólogo, el exdirector de Página/12 se había declarado "harto" de que el Gobierno hablara tanto de la última dictadura ("algo que pasó hace treinta y cuatro años").

Durante la pausa, el conductor recibe un llamado. Habla sentado en su escritorio, a media luz. Prende otro cigarrillo. Se saca los anteojos, lo maquillan, toma nota de algo que le cuentan. A la vuelta del corte anuncia, satisfecho, que Díaz Pérez está "desesperado" escribiendo tuits en su cuenta para desmentir el informe de hace un momento. La periodista que hizo la nota intenta aclarar cómo se procesó esa información. "Otra cosa que me parece importante, en pos de la edición...", comienza a decir. "No tenemos nada, no tenemos nada. Tenemos que cerrar", la interrumpe Lanata. La cronista sale de plano y las cámaras vuelven al conductor estrella, quien consigue treinta segundos para vender el show del próximo domingo, en el que estará "de compras con Cristina por la Quinta Avenida". Suena la canción de la película "Slumdog millionaire". Es el final.

Minutos antes, tras un chiste sobre la estética de sus cronistas, Lanata le había preguntando a la periodista en torno burlón. "¿Vos pensabas que eras periodista política?". "Periodista, quizás", respondió ella, con una sonrisa tímida. Lanata negó con la cabeza. "No, no. Estás en televisión".


Víctor Hugo desde la pecera

Uno es la estrella del show político de televisión más exitoso desde los tiempos de mayor repercusión de Bernardo Neustadt, hace dos décadas. El uruguayo, dueño de una voz potente, quemó las naves cuando vio aproximarse la ley de Medios y agita las mañanas radiales. Sus miradas contrapuestas sobre la puja entre Clarín y el Gobierno los arrojaron a las antípodas. Un cronista de VIERNES visitó ambas trincheras. Así lo cuenta.

[Nota publicada en tándem junto a Lanata desde la tribuna]

por Federico Poore
Ámbito Financiero, 12-10-2012

Fabiana Segovia empuja la puerta de las oficinas de radio Continental. Atraviesa la alfombra de la entrada con el logo del español Grupo Prisa y saluda al encargado del edificio mientras intenta hacer equilibrio con la pila de papeles y carpetas que carga en los brazos. Sube al ascensor y marca el tercer piso.

Faltan veinticinco minutos para las nueve de la mañana.

Doblando a la derecha, casi al fondo, está el estudio principal de la radio, lugar en el que transcurre el último tramo del programa de Magdalena Ruiz Guiñazú. Unos metros antes, en un cuarto minúsculo de paredes blancas, encontramos a Víctor Hugo Morales. Sentado con los pies apoyados en la pared, zapatos de gamuza con más de un hervor, el uruguayo apenas se mueve de su lugar para recibir la treintena de hojas impresas, con anotaciones en lapicera azul, que le entrega Segovia. En quince minutos arranca el programa y aún falta afinar el contenido.

Su tarea de "gatekeeper" es rápida, eficaz. El conductor nacido en Cardona desecha bloques, noticias y numerosos avisos parroquiales a un promedio de dos segundos por página. Por lo pronto, este hombre de camisa verde a cuadros sabe que deberá hablar del contrapunto verbal entre Cristina Fernández y el FMI, y que en algún momento conversará con el diputado kirchnerista Roberto Feletti. También piensa arrancar el programa hablando de las protestas en España contra el plan de ajuste, aunque aclara a sus colaboradores que las críticas no irán únicamente a Mariano Rajoy, sino también al exmandatario del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero. "El 'que se vayan todos' también alude a estos pelotudos que se traicionaron", les comenta.

En el medio, despotrica con una gran editorial que, según calcula, le escamotea la cantidad de ejemplares vendidos de uno de sus libros. El sello le dice que vendió tres mil ejemplares. "¡Tres mil ejemplares! ¿Los habré dedicado a todos? Un día los voy a denunciar", promete. Acto seguido, les encarga a los productores unos audios sobre las supuestas amenazas del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Pide buscar la grabación que salió en "6,7,8" para compararla con la de Todo Noticias, uno de la decena de canales de TV del Grupo Clarín. La reunión final de producción duró menos de diez minutos y terminó justo a tiempo. Tira su vaso de café a la basura. Es hora de entrar al estudio.

A esta altura del partido, no hay "pase" radial que valga. A ochenta centímetros de Víctor Hugo, Magdalena recoge su abrigo y sus cosas. Se va. No se saludan. La imagen de la salida de la conductora y su equipo es la de una banda de rock que alquila un estudio por hora y al terminar su turno junta los instrumentos antes de cruzarse, de mala gana, con el próximo grupo.

Los conductores no se dirigen la palabra desde aquella entrevista conjunta al excandidato presidencial Ricardo Alfonsín. Las diferencias entre ambos llegaron a un punto de no retorno cuando la exintegrante de la Conadep lo increpó al aire. "¿Cómo se llama tu programa en Canal 9?", le espetó aquel jueves de octubre, intentando trazar un paralelismo entre el título -"Bajada de línea"- y la existencia de órdenes oficiales. El uruguayo, enojado, contraatacó apelando al fondo de la calma oriental. "Magda". Así la nombraba en pleno intercambio para guardar las formas ante una audiencia que pegaba la oreja al parlante ante ese choque de planetas. El cruce fue tan feroz que Alfonsín, el supuesto protagonista del reportaje, terminó como actor de reparto.

Nada de eso sucede esta mañana. El nuevo programa comienza a las 9 en punto, hablando de la situación en España. Víctor Hugo despliega su primer editorial en torno a los partidos de derecha, a los que acusa de no blanquear sus programas económicos. Su discurso tiene un tono amable, pero crítico. Como un ejemplo lúdico de su argumento, pone al aire un spot de campaña del Partido Popular español y otro -que le gusta particularmente- de Henrique Capriles, en el que el venezolano anuncia que su plataforma es parte del "autobús del progreso".

Satisfecho con el efecto producido, el conductor pide, fuera de micrófono, que lo pasen de nuevo. Hernán Abella, el operador desde la "pecera", así llamada por el vidrio rectangular que separa los controles del estudio, repite el audio. "¡Este es el autobús del progreso!", grita Capriles, fuera de sí. Víctor Hugo se ríe, los ojos se le hacen chiquitos. Está contento.

Entra el llamado de Feletti y el conductor le pregunta por las restricciones a la compra de dólares; luego lee un comunicado de Hebe de Bonafini en el que la titular de Madres acusa a José Manuel de la Sota de "miserable"; más tarde, pasa el audio de Moreno y ensaya una defensa del funcionario. La primera voz opositora, la diputada del FAP Victoria Donda, sale a las 10.17. Van 77 minutos de programa.

En el corte, una publicidad llama la atención dentro y fuera de la isla: un aviso, nuevo, del Gobierno de la provincia de Córdoba. Quien habla es De la Sota. El contraste con el comunicado de Hebe es inmediato. "La radio manda un aviso sobre estos tipos y nosotros justo nos metemos con esto", se lamenta Víctor Hugo, entre risas.

Del otro lado de la pecera, Segovia sonríe. Había empezado a trabajar a su lado en "Por deporte", un programa radial donde aparecían representantes de disciplinas poco difundidas en el país, como esquí o atletismo, y hace cinco años, cuando el relator ocupó la media mañana en Continental, decidió acompañarlo una vez más.

Al principio, cuando la programación de Continental cobró la forma actual, la relación de Víctor Hugo con el resto de las figuras era buena. Sin embargo, los roces no tardaron en aparecer. Tres años atrás, con Fernando Bravo se retiraron el saludo luego de que en "La mañana" pasaron un audio en el que el corredor Marcos Di Palma se despachaba contra la posición dominante de la productora Carburando, en parte propiedad de Clarín. "La pelea con Bravo también fue parte de su milonga con los monopolios", recuerda su productora. Por la tarde, el conductor de San Pedro entrevistó a un directivo de Carburando con agrios comentarios sobre la entrevista de la mañana a Di Palma. Fin de la relación.

El enfrentamiento con Clarín trasciende la guerra abierta que el grupo mantiene, desde 2008, con el Gobierno nacional. Ya es un asunto personal. Y aunque hoy el conductor aparezca estrechamente consustanciado con determinadas políticas kirchneristas, sus batallas personales exceden la posición favorable o contraria al Gobierno. Eso explica por qué le dedica, por ejemplo, varios minutos al conflicto que los canillitas mantienen con las grandes revistas, o por qué, antes de despedirse, les pide a sus oyentes que lean las notas de su página web personal, a la que llama "nuestra trinchera".

Su salida del estudio se produce a toda velocidad: tiene un compromiso en el teatro Gran Rex. Segovia le recuerda que es a cuatro cuadras, que le conviene ir caminando. El relator desobedece y a la salida para un taxi sobre Rivadavia. El chofer no le da importancia al hecho de estar llevando a un ícono de la radio argentina.

"Hoy no hubo casi críticas al Gobierno -admite Víctor Hugo mientras el taxi dobla por Carlos Pellegrini-. Pero alternamos. El otro día conté cinco o seis cosas con las que discrepo, y están expresadas con el tono habitual". ¿Cómo se siente frente a tanta exposición? "Tiene cosas maravillosas y otras un poco más tensas. Siempre aparece alguien que me dice alguna cosa (agresión), pero los comprendo por lo que le han hecho los medios tradicionales", explica. (Segovia contará que al principio sufría mucho. "Le molestaba que le dijeran 'uruguayo vendido'. Se hacía problema por cada comentario. Ahora está más acostumbrado").

Hay quienes sostienen que este escenario de fuerte polarización vuelve difícil el ejercicio del periodismo. Víctor Hugo no coincide. "Creo que es maravilloso lo que ha ocurrido, aunque algunos dejamos jirones en el camino. Hasta hace tres años y medio hacíamos periodismo como si estuviésemos en una cosa light. De pronto, cada palabra, cada idea, pasó a tener otro peso. Es cierto, estamos muy expuestos al abrir el micrófono y he tenido casos memorables de metidas de pata. Pero creo que es más lindo ahora que cada uno va mostrando de qué lado del mundo quiere estar".