Entrevista a José María Poirier

“Francisco plantea un regreso al origen y la ruptura de toda hipocresía”
El director de la revista Criterio analiza las primeras semanas de Mario Jorge Bergoglio como conductor de la Iglesia Católica.

por Federico Poore
Debate, abril 2013

Dirige una de las publicaciones periódicas más regulares y constantes de la historia nacional, referencia ineludible para el universo católico argentino. Tal vez por ello, y por haber conocido tan bien a Jorge Bergoglio antes de su nombramiento como Francisco, la elección del nuevo papa lo ha convertido en hombre de consulta, ahora que la Iglesia parece destinada a retomar un rol político central.
José María Poirier recibe a Debate en la redacción de su revista y analiza los motivos detrás de la designación. ¿Se viene un catolicismo más abierto? ¿Cambiará la relación entre Iglesia y Estado en la Argentina? “Desconfío de este protagonismo”, anticipa.

¿Cómo recibió la noticia?
Fue una gran sorpresa. No estaba entre los pronósticos de ninguno de los vaticanistas buenos que uno conoce. Primero, la edad parecía condicionarlo: Ratzinger se retiró por motivos de edad y falta de fuerzas, por lo que uno podía suponer que iban a pensar en alguien bastante más joven. Y si bien muchos deseábamos que hubiera papas no europeos, el europeísmo de la Iglesia católica todavía parecía fuerte, contaba con algunas figuras. Claro que otros pensaban, como de hecho después sucedió, que ante un empate técnico entre las dos posturas propuestas en el colegio cardenalicio podría pasarse a un tercero en discordia.

¿Qué cree que se habló en el cónclave?
Todo indica que quedaron enfrentadas dos posiciones. Por un lado, el arzobispo de San Pablo, Odilo Scherer, que como había cumplido algunos años en la Curia Romana, daba la seguridad de que no habría reformas demasiado drásticas. Por el otro, el arzobispo de Milán, el cardenal Angelo Scola, que proponía cambios en la Curia pero que a la vez estaba vinculado a movimientos como Comunión y Liberación, algo que podía suscitar cierto recelo. Evidentemente hubo una especie de empate y se tuvo que buscar una posición que diera garantías a todos. Eso es lo que obtuvo extraordinariamente Francisco, con más de 90 votos sobre 115, algo difícil para un papa.

¿Qué señal quiere dar el Vaticano con Francisco?
Lo que se estaba buscando era una conducción que implementara los grandes cambios previstos por Benedicto XVI: una reforma radical de la curia, tolerancia cero a los abusos sexuales y una solución urgente de los temas financieros del Vaticano. Todo indicaría que Mario Bergoglio, un moderado en el campo de la doctrina y de la teología moral, va a buscar el saneamiento de la Iglesia por medio de la austeridad y la disciplina. Es una persona convencida de que la Iglesia no tendrá una voz significativa si no da testimonio de que vive el mensaje que propone.

¿Cómo evalúa sus primeras semanas al frente de la Iglesia?
Cuando apareció en el balcón mostró una prestancia, una seguridad y una serenidad muy marcadas. Además, exhibió un tono de voz que pocas veces se le ha escuchado en Buenos Aires, donde se destacaba por ser un hombre serio, callado, hasta diría preocupado. Este primer encuentro marcó el ánimo con el que fue percibido, ganándose todas las simpatías al presentarse como obispo de Roma, hablando de esa hermosa ciudad y ejerciendo sus dotes como comunicador. Después tuvo gestos: apareció lo más despojado posible y pidió que recen por él, casi como solicitando la bendición antes de poder impartirla. Me impresionó su sonrisa. Dos periodistas ingleses que lo vieron saludar levantando ligeramente una mano y no las dos -como hacen los líderes políticos o religiosos- dijeron: saluda a la grey católica como la reina Isabel a su pueblo. No tiene que ganarse a nadie: él ya es.

¿Qué pasará con el escándalo por las intrigas y supuestos casos de corrupción denunciados en los “Vatileaks”?
Diferenciaría entre el informe que Benedicto XVI encarga a tres cardenales -que ya debe haber leído Bergoglio, pero del que no sabemos prácticamente nada- y el Vatileaks propiamente dicho. Leí el libro del periodista Gianluigi Nuzzi con la pasión con que uno puede leer una novela de Agatha Christie, pero no encontré nada que no se supiera o se sospechara. El análisis que hago es el siguiente: no me parece mal que haya distintas tendencias o denuncias de cosas mal llevadas adelante, como ciertos nombramientos o la administración económica. La gravedad del Vatileaks es la falta de profesionalismo y fidelidad de un colaborador inmediato -Paolo Gabriele- que, creyendo probablemente que estaba haciendo un bien, termina no cumpliendo con sus funciones elementales. Ha habido una visión ingenua, poco inteligente, de creer que se ayuda al Papa haciendo públicas estas desavenencias. Pero esto rompe la intimidad de las relaciones: si tenés que escribir un mail y sabés que se va a hacer público, finalmente terminás bloqueando la comunicación. Paradójicamente, lo que logró el Vatileaks fue menos transparencia. Esto a Ratzinger le dolió, pero no es el tema de fondo: no renunció por el Vatileaks.

Si tuviese que señalar diferencias entre Benedicto XVI y Francisco. ¿Cuáles serían?
Una diferencia a favor de Ratzinger es su formación. Ratzinger es un intelectual, un gran teólogo. Bergoglio no: es un hombre de varias lecturas, sobre todo en su juventud, pero está más interesado en lo pastoral y en lo político. A favor de Francisco podemos decir que es un hombre de gobierno, y que ha demostrado una enorme empatía en la comunicación de masas, dos cosas que no tuvo Ratzinger. Pero sospecho que la historia lo va a recordar con enorme aprecio, porque su renuncia es un cambio enorme en la historia de la Iglesia. Plantea otra concepción del papado. Los gestos multitudinarios, los encuentros con los jóvenes, los viajes por el mundo… son importantes, pero también son anécdotas que la historia va a olvidar. Nosotros no conoceríamos a Celestino V si no hubiese renunciado, o a Pablo VI si no hubiera conducido el Concilio. Calculo que no quedarán escritos de Bergoglio. Probablemente deje una gran reforma en la veta de las reformas religiosas: una vuelta al origen, y la ruptura de toda hipocresía. En la medida de lo posible, claro.

¿Hasta qué punto estas reformas suponen “cambiar para que nada cambie”, un lavado de imagen de la Iglesia para conservar su poder? ¿Es posible que este gesto aperturista pueda salírsele de control a Francisco?
Todo puede pasar. Una vez le preguntaron al filósofo católico francés Jean Guitton si prefería un interlocutor progresista o uno tradicionalista. Él contestó que los prefería inteligentes (risas). En esta coyuntura, poco importa si esa reforma lleva a una gran apertura o a una moderada: si se da en términos de santidad, es un bien; si es cosmética, no sirve. Lo importante es que la Iglesia intente purificar su autenticidad.


EL PLANO NACIONAL
¿Cuáles fueron los principales puntos de discordia entre el kirchnerismo y Bergoglio a lo largo de esta última década?
Al kirchnerismo nunca le gustó que Bergoglio observara en un Tedeum ciertas cosas. Sobre todo la crispación, la ruptura de la convivencia armónica. Son dos concepciones de la política: Bergoglio cree que el poder es servicio, mientras que Cristina Kirchner, así como Néstor en su momento, lo concibe como acumulación y permanencia.

Una de las acusaciones del kirchnerismo a Bergoglio es que desde un principio se colocó en un lugar de oposición política. Incluso, aceitando sus contactos con líderes opositores.
Puede ser. Una cosa es observable: Bergoglio es un animal político. Ahora bien, hay que evaluar en qué medida en este enfrentamiento, el que provocaba el hostigamiento era el Gobierno, y hasta qué punto el Gobierno sentía que quien lo generaba era Bergoglio. Pero así como Bergoglio recibió a muchos líderes de la oposición, también lo hizo con muchos oficialistas. Lo que sí hubo fue una clara percepción de su inteligencia política. Y en eso no se equivocaron.

La elección de José María Arancedo al frente de la Conferencia Episcopal en 2011 parece haber mejorado las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia...
Arancedo piensa exactamente lo mismo que Bergoglio, pero lo expresa de manera completamente distinta. Bergoglio es tajante. Arancedo es un conciliador.

Sin embargo, pocos estaban preparados para este crecimiento del rol de la Iglesia, y con ella el de Arancedo, en el mapa político.
Efectivamente, ya ocurrió un cambio en las relaciones entre Iglesia y gobierno. Como Francisco, Bergoglio no va a intervenir directamente en la política argentina, pero habrá señales muy fuertes. No olvidemos que como Papa va a nombrar a los nuevos obispos y va a aceptar -o no- la renuncia de quienes hayan cumplido 75 años... Por otra parte, uno de los gestos que logró es su reconciliación con la Presidenta y con los líderes de Derechos Humanos, desde Pérez Esquivel hasta Hebe de Bonafini.

En los últimos años, la Iglesia católica ocupó un lugar relativamente menor en las discusiones sobre nuevos derechos sociales en nuestro país. ¿La elección de Francisco implicará un mayor peso de la institución como actor político?
Es indudable el impacto a nivel local, pero desconfío de este protagonismo. Esto se tiene que sustentar en el tiempo. ¿Qué queda, por ejemplo, de una personalidad tan carismática como Juan Pablo II? Se han llenado plazas, ¿y después qué? Claudio Magris escribió una vez en el Corriere della Sera que Juan Pablo “llena plazas pero vacía iglesias”. Bergoglio optó por otro camino: su acción pastoral fue directa, personalizada, se mantiene en el tiempo. Francisco no cree en las sorpresas.

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BERGOGLIO Y EL GOBIERNO
¿Cómo observa la reacción del gobierno nacional tras la designación de Francisco?
Creo que el Gobierno se dio cuenta demasiado tarde de que había elegido mal a su enemigo. Justo cuando creían que ya no existía Bergoglio -se había hecho preparar una habitación en el hogar sacerdotal de Flores para cuidar a los curas viejos- se convierte en Papa. Los reflejos llegaron, aunque no en el primer round, y entonces los mismos que decían una cosa hoy dicen otra. A él no le preocupó demasiado, porque es un jesuita acostumbrado a los enfrentamientos. Manuel Gálvez decía que Yrigoyen parecía aumentar su fuerza en su silencio e introspección, y algo de eso puede aplicarse a Bergoglio, un hombre acostumbrado a rumiar en silencio.

¿Cuál es su mirada sobre el rol que cumplió durante la última dictadura?
Pérez Esquivel lo dijo mucho mejor que yo: descontextualizar es equivocarse. La posición de Bergoglio durante la dictadura me parece inobjetable. Uno podría echarle en cara que no hizo todo lo que hubiera podido hacer. ¿Y quién lo hizo? Creo que hizo muy buena parte de lo que podría haber hecho, con todas las limitaciones del caso. Porque si vamos a hacer ese análisis, hay que hacerlo con seriedad. Podemos decir: “no fue un héroe”. ¿Entonces lo queríamos muerto como Angelelli, perseguido como Zazpe, cercenado como Novak? Hubo casos de complicidad, personas que vieron en la dictadura algo saludable para el país, pero son conocidos. Lo que existió fue una muy grave falla -luego reconocida por el Episcopado- de no hacer públicas estas denuncias. En ese aspecto, la Iglesia argentina no tuvo la valentía suficiente como sí ocurrió en Brasil o en Chile.