Entrevista a Sergio Olguín


SERGIO OLGUÍN, escritor
(Buenos Aires, 1967)

Libro favorito: Si una noche de invierno un viajero, de Ítalo Calvino
Rutina informativa: “Empiezo leyendo Twitter y notas linkeadas por periodistas respetables. Luego Página/12, algo de Clarín y algo de Olé.”
Película favorita: Kaos, de Paolo y Vittorio Taviani

por Federico Poore



La cita es en el centenario Bar de Cao, en San Cristóbal.

En No hay amores felices, tu nueva novela, una periodista desnuda una red de dinero, corrupción y poder. ¿Hay en la novela, acaso, una versión más idealizada del periodismo que te tocó vivir?
Absolutamente. Verónica Rosenthal es una romántica con respecto al periodismo. Es como somos todos los periodistas cuando empezamos a trabajar, en nuestro primer año profesional, cuando creemos que con el periodismo podemos cambiar la realidad, influir de manera honesta. Los que trabajamos en periodismo vamos cambiando a medida que vemos que existen las presiones empresariales, políticas... Verónica se mueve mucho más libre. Es cierto que ella no hace periodismo político —hace Policiales—, pero también es cierto que ese vínculo policial termina en lo político. Hay un vínculo muy fuerte entre lo político y lo policial en mis tres novelas. Pero sí es un personaje idealista, tanto por su actitud como por cómo creo yo que debería ser el periodismo.

En la presentación de Betibú, de Claudia Piñeyro —otra novela con una periodista de protagonista— dijiste que el policial es el género por excelencia en la Argentina. ¿Es una estrategia consciente la de usar el policial para entrarle lateralmente a la cuestión política?
Es una excusa para entrarle a la realidad. El policial es la mejor forma de entrar a la literatura realista, un género bastante traqueteado que uno suele asociar con el realismo socialista, una literatura vinculada a lo social de una manera más remarcada. El policial toma más distancia pero permite hacer una literatura donde lo real se cuela por todas partes, y eso lleva a lo político.

Del caso María Soledad al accidente de Once (que, a propósito, tiene sus puntos de contacto con La fragilidad de los cuerpos) pasando por el asesinato de Cabezas, en Argentina lo político es policial casi de manera literal.
Es muy difícil desprender lo policial de lo que sucede en la sociedad. El primer hito en ese sentido fue el policial norteamericano de las décadas del ‘30 y del ‘40 que fundó un género, la novela negra. Todos somos hijos de la novela negra norteamericana, lo que pasa es que en Argentina esto tiene características especiales. En los policiales en cualquier parte del mundo, la novela termina cuando llega la policía, mientras que en Argentina comienza cuando llega la policía (risas). Eso le da características propias muy fuertes. También hay un riesgo: querer tomar posición con respecto a un hecho de la realidad por medio de la ficción ficción, porque terminás poniendo una narrativa al servicio de una tesis y eso siempre es malo para la literatura. El resultado de poner tu arte al servicio de una tesis política en general es malo, salvo que seas un genio como Picasso que puede pintar el Guernica. Siempre hay que tener en cuenta que estás escribiendo una ficción y no que estás contando la realidad tal cual es.

¿Por qué pensaste a Verónica Ronsenthal como heroína mujer?
Por un montón de razones. Tenía ganas de escribir una novela con una mujer protagonista y contar la vida de una mujer. Quería un personaje femenino que se comportara como un hombre en las novelas policiales: investigadores que se emborrachan, que se acuestan con todas las personas con las que se encuentran, que pueden llegarse a agarrarse a trompadas en cualquier momento, que no dan explicaciones a nadie... En suma, quería reunir las características masculinas del género en un personaje femenino. Pero al mismo tiempo, siempre me resultó muy divertido el universo femenino, por lo que otra cosa que quise fue que el personaje tuviera ese costado en el resto de su vida. Me pareció divertido, por ejemplo, narrar las discusiones con ella misma y con sus amigas alrededor de lo femenino y de cómo ser mujer. La suma de estos dos universos termina dando un personaje muy especial, rico en matices.

¿Reconocés influencias del policial nórdico? Pienso en novelas, pero también en series, como Bron/Broen.
No tanto en cuanto al tema de la protagonista femenina, que es previo a otras protagonistas femeninas — una es Saga Norén, que la amo — pero sí reconozco mi deuda con una serie de novelas de Liza Marklund, una autora sueca que es exitosa en el mundo y que acá pasó inadvertida. En varios de sus trabajos aparece el personaje de Annika Bengtzon, que también es periodista, y ese personaje me gustó mucho. Sí creo que la lectura de Henning Mankell y de Stieg Larsson y de otros autores suecos me influyó a la hora de ponerme a escribir este tipo de policial. A mí lo que me gusta del personaje de Mankell es que evoluciona. (Kurt) Wallander no es igual en la primera novela que en la última: va envejeciendo, su padre también, su hija crece... hay una evolución de ese personaje y es un poco lo que quiero hacer con las diez novelas que quiero hacer con Verónica.

¿Dónde rastreás el fenómeno de las mujeres heroínas? Por citar el ejemplo del cine, antes una película como Alien de Ridley Scott era la excepción, pero hoy las mujeres son protagonistas en todos lados, hasta en Mad Max.
Siempre han habido mujeres protagonistas — soy un gran admirador de la Mujer Maravilla y la Agente 99 — pero hoy tienen un lugar más protagónico en cuanto a las decisiones que toman, algo que por ahí antes estaba más limitado. Y en ese sentido, la narrativa argentina ha sido más lenta que en otros lugares. Ha habido una tradición machista muy fuerte, y no solo en Argentina, y ahí está el ejemplo de un escritor como Juan Carlos Onetti, un escritor absolutamente machista. Eso hoy me hace mucho ruido. Y eso no es porque yo cambié: cambié la sociedad.

¿De dónde sacás ideas para tus novelas?
Todo me influye, desde lo que leo en ficción (no tengo problemas en admitir a quién le plagio) hasta la realidad cotidiana. Todo escritor tiene un componente autobiográfico muy fuerte. Me divertí mucho en No hay amores felices por una cosa que le ocurre a Verónica en la novela hace que se tenga que mudar de Villa Crespo acá, a este barrio (San Cristóbal). Después, soy muy atento a los gestos de la gente, hasta cómo ponen la taza de café. Vivo robando, soy una especie de vampiro que le consume todo lo que puedo a los amigos y a la familia. Son una buena fuente de inspiración.

Esa forma de canibalizar comparte cosas con el periodismo, ¿no? Uno siempre está atento a ver qué puede robar para la producción propia.
En el caso de la ficción, esto viene de los estudios históricos de la vida cotidiana, algo que también se trasladó al periodismo. Hoy no hace falta contar la historia de un presidente: podés contar la vida de un mozo de un bar y ganar un Pulitzer haciendo eso — si lo hacés bien. Hay un interés por lo cotidiano, donde desde hace varias décadas la historia y la noticia diaria tienen más que ver con lo íntimo, con lo personal, con personajes comunes y corrientes.

Una vez que decidiste escribir una novela, ¿cómo es tu proceso productivo?
Siempre tengo una idea de un argumento, un personaje o varios, y algún episodio concreto. Después trato de encontrar un comienzo. ¿Dónde comienza esa historia, qué es lo que voy a contar, desde dónde voy a empezar a contar? Y ahí me largo a escribir. En general no tengo un final armado hasta la mitad de la novela; recién ahí me doy cuenta hacia dónde estoy yendo. Dicho esto, la historia de mi nueva novela tenía ganas de hacerla desde 1989. Quería escribir una historia, no sabía cómo, y recién la retomé ahora porque me di cuenta cómo empezaba, cómo terminaba, quiénes eran los personajes, cómo tenían que reaccionar. Se me ocurrió todo de golpe y escribí todo de corrido en dos meses sabiendo qué iba a pasar en cada momento. Pero eso no me ocurrió casi nunca.

Te autoimponés deadlines. ¿Te funciona ese método o alguna vez incumpliste tu meta?
Necesito deadlines por una cuestión periodística. Cuando comienzo una novela me preocupa escribir todos los días, aumentando los caracteres diarios. Y me pongo una fecha de finalización aproximada, de una primera versión. Una vez que empiezo la primera versión me relajo un poco más.

¿Qué evaluación hacés del actual momento político y económico en Argentina?
Era mucho más optimista cuando estaba por asumir Macri. No porque me gustara —de hecho no lo voté— pero pensé que el macrismo no iba a ser tan salvaje. Creí que iba a ser más respetuoso de sus propias banderas sobre la instituciones y la república; que iba a ser un gobierno liberal, pero que se iba a mantener en un momento respetuoso en cuanto a otras cuestiones, algo que no ha ocurrido. Es un gobierno salvaje, con un nivel de violencia y todo tipo de irregularidades que van más allá de las medidas económicas que toma. Pensé que al menos iban a tomar algún tipo de medida demagógica superficial, pero no: todas las medidas que se tomaron desde un primer momento fueron para beneficiar al sector más concentrado de la economía, y le hicieron caer todo el costo del ajuste sobre los sectores más desfavorecidos.

¿Cómo se ve al gobierno de Macri desde el mundo de la cultura?
Las políticas del macrismo para el sector está vinculado a lo que hace en el resto de las áreas. Los despidos en el área de Cultura siguen el patrón del resto de los despidos en el sector público: indiscriminados, sin importar los trabajos que desarrollaban sus empleados, o por motivos políticos. Relacionan militancia opositora con ser ñoqui, cuando son cosas distintas. En el campo de la cultura se vienen tiempos difíciles. La presencia del Estado en la cultura es fundamental, y en este sentido este gobierno viene mal.

Una versión en inglés de esta entrevista se publicó en la edición del 10 de abril de 2016 en el Buenos Aires Herald.