El nuevo negocio de los satélites privados y extranjeros

por Federico Poore
Revista Noticias, 22-08-2017

Una carta de intención disparó la polémica. En total sigilo, el gobierno nacional se comprometió a crear una empresa para construir y gestionar el ARSAT-3, que pasará a estar controlada en un 51 por ciento por la estadounidense Hughes Network Systems. Las noticias sobre estos planes de un “modelo mixto” para el tercer satélite geoestacionario argentino llegan en medio de una oleada de autorizaciones a operadores privados. ¿Qué está pasando en el mercado de satélites en Argentina?

“Con las autorizaciones que la administración argentina ha venido concediendo en los últimos meses para que nuevos satélites comerciales puedan operar en su territorio, Argentina se aproxima al modelo seguido por la mayoría de las naciones del mundo y por casi todas las de América Latina”, celebra Ignacio Sanchis, director de Negocio de Hispasat. La empresa española cuenta con cuatro satélites con derechos para transmitir en el país y este año se asoció con el Grupo Boldt, la compañía argentina que explota el Casino de Tigre, para comercializar la capacidad de uno de ellos, el Amazonas-3, y brindar Internet satelital a tres millones de hogares. En junio obtuvieron la luz verde.

Desde la llegada de Mauricio Macri a la presidencia, el gobierno nacional autorizó la operación de 14 satélites extranjeros (en los doce años previos apenas se habían autorizado seis). El ritmo de estas aprobaciones preocupa a los especialistas que en noviembre de 2015 apoyaron la ley de Desarrollo de la Industria Satelital, la cual delineaba un plan para el diseño, construcción y operación de satélites geoestacionarios y reforzaba la presencia estatal en el área prevista por una resolución de la ex Secretaría de Comunicaciones de 1999. Con esta nueva orientación pro-mercado, argumentan, varios de estos nuevos jugadores pasarán ofrecer servicios en banda Ka (la porción del espacio radioeléctrico de mejor frecuencia y ancho de banda), es decir, a competir con Arsat.

Según Hispasat, estas aprobaciones se otorgaron “en virtud de los acuerdos bilaterales firmados anteriormente con terceros países”, un argumento que también utilizó el presidente de Arsat, Rodrigo de Loredo, cuando dijo que el ingreso de satélites extranjeros obedecía a tratados que el país firmó en su momento con Estados Unidos, Canadá, México, Brasil y España. “Para nosotros implica un desafío comercial más complejo porque vienen otros satélites a competir que tienen más capacidad, pero estoy de acuerdo con la política del gobierno porque una mayor oferta va a redundar en una baja del precio de conectividad que debe pagar el usuario final”, asegura el yerno del ahora ex ministro de Comunicaciones, Oscar Aguad.

Los pasos en esta dirección entusiasman a las empresas de bandera extranjera. “La industria satelital apoya los esfuerzos para adoptar una política de cielos abiertos más que sostener un sistema de uso preferencial”, dice Jason Bates, gerente de Comunicaciones de la norteamericana Intelsat. “Nuestra misión es asegurarnos de que los argentinos accedan a estos servicios al igual que en otros países de la región”.

Fundada en 1964, Intelsat opera 13 satélites en Argentina, de los cuales 10 son propios y tres gestionados por su subsidiaria Southern Satellite Corporation. La empresa asegura que no existe una única tecnología capaz de atender todas las demandas de banda ancha y wireless en la región, lo que explica la popularidad de las redes híbridas que combinan adaptabilidad y performance.

¿Cielos no tan abiertos?
Pero mientras los críticos de la apertura aseguran que el ingreso de jugadores privados dañará el desarrollo de la industria satelital local, algunas compañías aseguran por el contrario que el gobierno de Macri aún no encaró una política real de cielos abiertos.

New Skies Satellites, la empresa controlada por la europea SES que opera 3 satélites geoestacionarios en territorio argentino, “no apoya las regulaciones satelitales recientemente propuestas que limitan el acceso al mercado y le otorgan prioridad al operador satelital nacional Arsat”, dice Jurandir Pitsch, vicepresidente de Ventas de SES para América Latina y el Caribe.

Pitsch reconoce a Arsat, Intelsat, Hispamar y la francesa Eutelsat como sus principales competidores a nivel local y reclama “replantear” la actual regulación que favorece a la empresa operada por el Estado. Abrir los cielos “no hará más que favorecer a todos los players del ecosistema satelital”, dice, y cita estudios que aseguran que un incremento del 10 por ciento en penetración de banda ancha en países de ingresos bajos y medios redundará en un crecimiento del PBI del 1,38 por ciento.

Como en otras áreas, el dilema parece ser privilegiar la soberanía tecnológica nacional o poner el foco en los usuarios. Hasta ahora, el gobierno de Cambiemos optó por lo segundo, avanzando con Hughes para la explotación conjunta del ARSAT-3 y autorizando el ingreso de nuevos satélites privados. Lo que se dice un verdadero cambio de paradigma.

¿Qué fue del Plan Conectar Igualdad?

El proyecto local -que siguió el camino de otros proyectos OLPC en la región, como Ceibal en Uruguay- se relanza con algunas diferencias: se mantiene el doble booteo y se bajan los costos pero resignando desarrollos locales.

por Federico Poore
Information Technology, julio 2017

Más económico pero menos nacional. Así es la versión 2017 del plan Conectar Igualdad, que luego de un período de transición volvió a tomar fuerza en mayo con las entregas de netbooks a estudiantes de colegios secundarios. En el interregno, el hermetismo sobre el futuro del proyecto fue total pero, aun así, se puede dibujar una radiografía del programa que, a simple vista, presenta cambios con la versión anterior.
Primer dato saliente: el organismo encargado de su implementación ya no es más la Anses sino Educ.ar, una sociedad del Estado que depende del Ministerio de Educación. El traspaso de un organismo a otro (según el gobierno, “para articular mejor este programa con otros proyectos de tecnología educativa”) incluyó despidos en el área y estuvo acompañado por la preocupación de sectores vinculados al movimiento de software libre de que el Estado abandonara el menú de doble booteo. Sin embargo, esta opción—si es que existió— fue descartada, según confirmó la máxima autoridad del área. “Las netbooks seguirán incluyendo el doble booteo con Windows y Huayra tal como se viene realizando hasta ahora”, explica a INFOTECHNOLOGY Guillermo Fretes, titular de Educ.ar.
Desde sus inicios en 2010, la versión local del proyecto One Laptop Per Child (OLPC) ya otorgaba la opción de elección de sistema operativo. De hecho, el stock de netbooks que el Estado estuvo entregando hasta hace poco incluía Windows 8.1 y Huayra 2. ¿Cuál es la novedad? Que a partir de este año los equipos van a venir con Windows 10 y Huayra 3 (GNU/Linux Huayra basado en Debian 8 para 64 bits), según confirmó uno de los encargados del programa. En la nueva tanda de netbooks se reemplaza el disco mecánico por uno de estado sólido.
Los proveedores, en su mayoría, seguirán siendo los mismos que acompañaron el último tramo de la gestión anterior: Newsan, BGH, Novatech y Agen S.A. (empresa de Eduardo Wasi, dueño de Dinatech). La licitación fue liderada por la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS). “A pesar de ser un producto de similares características al anterior, los equipos presentan algunos cambios”, explica Fernando Villanueva, gerente de Informática de Grupo Newsan. “Esta versión cuenta con una pantalla más grande — en el modelo anterior era de 10,1 pulgadas, hoy es de 11,6— y tiene un procesador superior.” De un Celeron N2808 Bay Trail se pasó a un Celeron N3010 Cherry Trail, un chip de Intel con mayor performance gráfica.
Entre el resto de los proveedores consultados impera el secretismo. Alejandra Pirozzo, directora de Corporativo y Gobierno en Novatech, explicó a esta revista que de momento no pueden dar detalles sobre su involucramiento en el programa debido a un acuerdo de confidencialidad.

Menor costo, ¿menos funciones?
Fretes asegura que para esta nueva etapa del plan, el Estado logró bajar los costos de manera espectacular. “Hemos mejorado el proceso de compra, llevando el precio promedio de US$ 500 por netbook a US$ 233 aproximadamente, sosteniendo el ensamblado local. Es decir, hemos generado un ahorro superior al 50 por ciento”, asegura el titular de Educ.ar. De manera similar se expresó el jefe de Gabinete, Marcos Peña, que en su informe a la Cámara de Diputados a fines de mayo habló de “sobreprecios” durante la anterior gestión.
No todos comparten esta mirada. Vladimir Di Fiore, ex jefe del Centro Nacional de Investigación y Desarrollo de Tecnologías Libres (Cenital), encargado del desarrollo de Huayra Linux, argumenta en conversación con INFOTECHNOLOGY que los mejores precios para 2017 se obtuvieron limitando el alcance de las garantías.
“Parte del problema de los costos es que esas máquinas salían con un seguro bastante importante. En los últimos años, esta garantía se había modificado de manera tal que las netbooks con problemas se repararan sin darle espacio al proveedor para que hable de un ‘mal uso’ por parte del estudiante y eso, naturalmente, subía el costo de los equipos”, dice Di Fiore.
Durante el gobierno anterior, parte del aumento de los costos (y de las demoras en las entregas en las netbooks) tenía que ver con que ante cada nueva licitación a los proveedores se les exigía que fueran agregando algún desarrollo local nuevo. El camino ahora parece ser el inverso. “El nuevo pliego dejó de exigir un alto porcentaje de componentes de origen nacional, por lo cual las baterías, los cargadores, los cables de alimentación, las memorias, las carcasas plásticas, pasaron a ser importados”, explica Villanueva. “También hay una reducción en el costo de fabricación debido a que el nuevo pliego no exige que la placa madre sea de origen local.” A esto hay que agregar que la empresa pudo pasarla oferta en pesos a dólares.
Desde Newsan confirman que el período de servicio técnico de los productos se acortó de 24 a seis meses y que la nueva versión de los equipos no cuenta con placa sintonizadora de TV, como sí tenían los modelos anteriores. Así y todo, el representante de la empresa asegura que la principal causa de la baja del precio está relacionada con la eliminación del arancel de importación del 14 por ciento promedio a los componentes para fabricación, resultado del decreto 117/17.

Más que fierrros
Sea como fuere, y como siempre se encargan de subrayar los expertos en tecnología, un programa OLPC implica mucho más que entregar netbooks: es un plan de integración de TIC que reúne elementos a menudo dispersos (infraestructura, equipamiento, conectividad, producción de software educativo, capacitación docente) en una política de Estado. Y en ese sentido, si bien la continuidad del programa es una buena noticia, aún queda mucho por delante.
Un problema sustancial, dice Fretes, es la falta de conectividad en la escuela y en el aula. “Esto es importante porque permite una mejor gestión del soporte y mantenimiento, pudiendo actuar de manera remota para actualizaciones y desbloqueos”, asegura el funcionario de Educ.ar, y da un ejemplo de cómo una mejora en la conexión en los centros educativos puede mejorar este proceso cuando un equipo falla o se rompe. “Anteriormente, ante cualquier inconveniente se enviaba el equipo a un centro de soporte en Buenos Aires. Ahora estamos lanzando un 0-800 que permitirá resolver inconvenientes de manera remota, y lanzando una licitación donde vamos a federalizar el soporte técnico.” (Fretes aclara que las piezas sí quedarían centralizadas en ciudad de Buenos Aires por un tema de eficiencia de inventario).
Otro desafío recurrente es el hecho de que muchos maestros hoy no están preparados para operar los equipos ni para dictar contenidos especiales que aprovechen al máximo la potencialidad de las netbooks. Para encarar este problema, el gobierno actual prometió llevar adelante programas de formación docente en educación digital “para fomentar el uso cotidiano de los equipos”, algo que —insiste Di Fiore y otros ex encargados del plan—ya se venía realizando.
Algunas experiencias aisladas muestran el potencial de este tipo de trabajo en clase. En Mendoza, la Escuela de Comercio Martín Zapata de la Universidad Nacional de Cuyo ofrece por segundo año consecutivo el taller de Robótica y Programación para los estudiantes de la orientación en Informática. El programa Scratch provisto en las netbooks les permite trabajar de manera modular y, al final del curso, diseñar un robot a control remoto.
Claro que para muchas instituciones esta posibilidad es apenas un sueño. En febrero, el gobierno lanzó el Plan Nacional de Conectividad Escolar, comenzando por escuelas rurales de Jujuy y Corrientes. Las cifras oficiales asustan: a principios de este año,sólo un 12 por ciento de las escuelas cuenta con internet para uso pedagógico.

Zona de promesas

Bill Clinton dijo alguna vez que era “el lugar más tenebroso de la Tierra”. La ciudad de Paju, frontera entre Corea del Sur y Corea del Norte, asusta a cualquiera. Ahí no hay retorno y la paz huele a alambre de púas y pólvora a punto de explotar: en cualquier momento todo puede salir mal.

por Federico Poore
Playboy Argentina, julio 2017

PAJU, Corea del Sur – El micro se detiene en lo que parece una casilla de peaje. Se sube un soldado joven con cara seria y la bandera de Corea del Sur en la insignia de su brazo. Dice algo en coreano y ante la duda, aclara en inglés: passports.

El guía que nos acompaña sugiere que tengamos nuestro pasaporte preparado y abierto en la página con foto. David –así se llama– sabe que nos tomó toda la mañana viajar casi cien kilómetros desde Seúl hasta la frontera con Corea del Norte y no quiere que nada salga mal. El soldado comienza a revisar, uno por uno, los papeles de todos los pasajeros. Luego avanza hacia el fondo del micro, adonde estamos nosotros. Le entrego el pasaporte argentino. Lo mira, me mira, me lo devuelve, next. La colega china sentada al lado mío duda un segundo antes de alcanzarle el documento. El recluta (que pesa apenas sesenta kilos, pero que con armas y escudos debe andar por los ochenta) hojea el pasaporte, la mira a ella, mira de vuelta el pasaporte, pasa las páginas. Dice algo en coreano que no alcanzamos a entender, pero se lo nota enojado y la tensión se adivina en el aire. Luego de unos segundos que parecen años, la china se recupera del estado dubitativo y responde las preguntas en perfecto coreano. Entuerto superado, todo en orden. El soldado se baja. Seguimos.

Contrariamente a lo que su nombre indica, la zona desmilitarizada (DMZ, por sus siglas en inglés) es una de las fronteras más militarizadas del planeta. Sus torres de vigilancia, barricadas, alambres de púa y minas antipersonales conforman un ambiente bien distinto al de la Corea más amable que conocemos, hecha de Gangnam Style, máscaras faciales y telenovelas. Los orígenes de la DMZ se remontan a la Guerra de Corea, que enfrentó a occidentales y comunistas a mediados del siglo XX, y al cese del fuego ordenado en 1953, que resultó en la división del país en una traza que acompaña al paralelo 38°. Hoy la zona desmilitarizada ocupa 250 kilómetros de largo por cuatro de ancho y es, en palabras del expresidente norteamericano Bill Clinton, “el lugar más tenebroso de la Tierra”.

Lo tenebroso, claro, no es la presencia de un tanque más o menos, sino la locura que acompaña a este tipo de enfrentamientos y que puede resumirse en una historia. El 18 de agosto de 1976, un grupo de trabajadores surcoreanos, escoltado por tropas de Naciones Unidas, llegó al llamado Puente de No Retorno con órdenes de talar un árbol que le estaba bloqueando la visual a un puesto militar de la ONU. La operación se complicó cuando entraron en escena quince soldados norcoreanos, que reclamaron a los gritos que la acción no se realizara. Ante la negativa, atacaron a todos con machetes, matando a dos soldados. La respuesta no se hizo esperar. Tres días más tarde, un total de 813 hombres, incluyendo fuerzas especiales de Corea del Sur y de los Estados Unidos, regresaron al lugar con el apoyo de helicópteros y bombarderos B-52 y entre todos cortaron el maldito árbol ante la atenta mirada de las tropas enemigas.

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Es, sin embargo, una mañana primaveral y soleada en el mirador Dora, un puesto de observación desde el cual se divisa, a lo lejos, la misteriosa Corea del Norte. Reconvertido en atracción turística, es lo más cerca que estaremos del país gobernado por Kim Jong-un, adonde con restricciones y permisos especiales, ingresan no más de 5000 turistas occidentales por año, casi en su totalidad, a través de China (a la Corea del Sur ingresaron 17 millones de turistas en 2016). ¿Qué se ve desde el mirador? Una sinuosa área divisoria pelada de vegetación que hace las veces de frontera y, al fondo, la ciudad de Gaeseong, la más austral del país comunista. Allí funcionó durante un tiempo un complejo fabril operado conjuntamente entre las dos Coreas (los del sur aportaban el management; los del norte, la fuerza de trabajo) hasta que nuevas provocaciones de Pyonyang terminaron con la suspensión del proyecto. No faltan las disputas sin sentido, típicas de la Guerra Fría. Los surcoreanos instalaron su bandera en un imponente mástil de 98 metros de altura, pero en Corea del Norte no quisieron ser menos y enfrente plantaron la suya sobre un asta de 160 metros. Solo la bandera pesa 270 kilos: es tan pesada que los días de lluvia la tienen que bajar porque, si no, la torre que la sostiene se viene abajo.

Pero hay más. La tranquilidad de la mañana se ve interrumpida por exclamaciones ensordecedoras provenientes del altoparlante del mirador. David nos explica que se trata de propaganda surcoreana. Les están diciendo a los del otro lado de la frontera: “Vengan a este gran país, todo aquí es maravilloso”, cosas así. La guerra de altoparlantes, con uno y otro bando pasando marchas militares a todo volumen, se había cancelado en 2004 y parecía que el asunto ya era cosa del pasado. Pero hace poco volvieron los misiles de Kim Jong-un, y con ellos este show propagandístico de uno y otro bando. Todo está ahí para recordarnos que lo firmado en la década del cincuenta no fue el fin de la guerra sino apenas un cese del fuego.

Desde 1948 hasta 1994, el Líder Supremo de Corea del Norte fue Kim Il-sung, el abuelo de quien hoy es la máxima figura del país. En términos económicos, se podría decir que le tocó gobernar en las buenas: al inicio de su mandato, el PBI per cápita de las dos Coreas era idéntico y la República Popular Democrática de Corea contaba con el apoyo irrestricto de China y de la Unión Soviética. Pero en la década del setenta, el Norte fundió el motor con su modelo de autosuficiencia, que terminó de explotar tras el colapso del comunismo ruso.

Luego de su muerte, el poder pasó a manos de su hijo, Kim Jong-il (a quien muchos en Occidente recuerdan por haber sido parodiado en la película Team America), otro dirigente reñido con los derechos humanos que desarrolló la filosofía Juche, una doctrina estalinista armada a medida de la realidad del país. La dinastía Kim es tan fuerte que uno no puede sino pensar que Jong-il gobernó poco: apenas 17 años. El infarto que sufrió en 2011 terminó con su vida y desde entonces Corea del Norte quedó a merced de uno de los líderes más impredecibles y temidos en Occidente: el joven Kim Jong-un.

En los últimos meses, la tensión generada por su figura (siempre rodeada por mitos y leyendas, alimentadas por la falta de información confiable sobre lo que sucede en su país) escaló hasta límites impensados. Desde Corea del Sur aseguraron que el próximo paso de la bravuconada bélica de Kim es desarrollar un arsenal nuclear de alcance intercontinental. Estados Unidos, un aliado histórico de Seúl, respondió a la supuestas provocaciones enviando un portaaviones a la península. Donald Trump dijo que existe la posibilidad de terminar en un “gran, gran conflicto” con los norcoreanos, que se abrazan a la fuerza militar como carta de negociación. ¿Nuevos tambores de guerra? Difícil sentar a las partes en una mesa de negociación (mejor dicho, difícil que siquiera exista una) cuando los líderes en cuestión son caprichosos, iracundos, antojadizos.

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De vuelta a la casilla, el mirador, la bandera gigante: todo queda en el condado surcoreano de Paju, que recién en 1997 obtuvo estatus de ciudad. Son constantes los intentos del gobierno por lograr que más gente se mude a este lugar. Desde el cambio de siglo, además, se comenzó a explotar el turismo ligado a la DMZ, y hace no mucho se sumó a la lista de atracciones el llamado Túnel Número 3, uno de los pasillos subterráneos que, según los surcoreanos, el Norte cavó décadas atrás con la intención de invadir el país por tierra. Las fotos están prohibidas: los visitantes debemos dejar nuestras pertenencias en un locker y ponernos cascos protectores amarillos antes de caminar, en fila india, por un sendero estrecho que hace una pendiente descendiente. Sumado al techo irregular y bajísimo (un metro cincuenta), el túnel es la peor pesadilla de los claustrofóbicos.

De regreso a la superficie, entramos a algunas de las casas que rodean el paraje, en las que se ofrecen productos típicos de la zona: ginseng, caramelos de uva, porotos de soja cubiertos de chocolate. Los vendedores (o vendedoras: casi todas son mujeres de mediana edad) sonríen y observan amablemente, las manos cruzadas detrás de la espalda. Un hombre de chaleco camuflado y cara curtida ofrece pines de Corea del Norte. No hay edificios, semáforos ni paneles luminosos: todo es modesto y rural, como si la amenaza de extinción tornara inútil todo intento de ir más allá de lo estrictamente funcional. La excepción es una mansión rosa que se alza entre las colinas y los campos de arroz. ¿Su dueño? La primera persona que se mudó a esta zona de Paju. El colono, el pionero. El primer coreano con huevos que un día agarró sus cosas y se vino a vivir a la frontera más caliente del mundo.

El sol sigue arriba en el cielo despejado. Un contingente de turistas norteamericanos y australianos hace fila para regresar al micro que los llevará de vuelta a Seúl. Absortos en sus folletos informativos o revisando sus cuentas de Instagram, no parecen registrar que en algún lugar de esta península del tamaño de la provincia de Chubut hay un millón ochocientos mil soldados esperando una orden de ataque. La tensa calma promete, por lo pronto, una temporada más de venta de souvenirs.

Todo está muy rápido acá


Corea del Sur llegó tarde al capitalismo pero lo abrazó con pasión. En Seúl se mezclan las fábricas de K-pop con la sobreoferta de productos de belleza.

por Federico Poore
La Agenda, 04-07-2017

SEÚL, Corea del Sur - La chica de ojos rasgados se abraza a la foto de su ídolo musical. Coreana y bajita, celular Samsung en mano, es la última de una fila interminable de fans que da vuelta a toda la tienda. Estamos en el tercer piso de SM Town, un “centro de entretenimiento” dedicado al K-pop que se alza en la misma calle que el monumento al "Gangnam Style” en Seúl.
Pausa. Tiempo fuera. ¿Monumento al “Gangnam Style”? Si en el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire”, ¿por qué a alguien se le ocurriría inmortalizar algo tan efímero como el baile del caballo de Psy? ¿Se puede homenajear en bronce al “primer video en la historia en recibir mil millones de visitas en YouTube”? Primera lección a extraer de Gangnam, el barrio de moda al sur del río Han: todo vale.
De vuelta a la fila. Una empleada, apenas más adulta que el promedio de clientes que atiborran el local, anuncia megáfono en mano que por la tarde estará firmando autógrafos el integrante de una boy band local. Hay aplausos de aprobación entre la concurrencia, algún gritito emocionado. El cálculo a ojímetro indica mayoría de chicas, pero también un número nada despreciable de muchachos, que pronto se llevarán a casa un recuerdo de su paso por el templo laico del pop coreano: el pochoclo oficial de BTS o la barra de cereal de Super Junior.
Los seis pisos de SM Town incluyen un teatro, una cafetería y un puñado de locales especializados (aquí, la venta de remeras; allá, la venta de pósters; en todos lados, la venta) donde el consumidor adolescente podrá reafirmar su sentido de pertenencia por la nada módica suma de 18.000, 23.000 o 45.000 won según el caso (1.000 won son poco menos de un dólar).
Al edificio lo administra SM Entertainment, una poderosa fábrica de producción de contenidos liderada por un hombre llamado Lee Soo-man. En 1996, este manager de bandas quedó fascinado con el impacto que causaron los Backstreet Boys en su paso por Seúl y decidió que iba a armar su propio centro de manufactura de grupos de pop coreano. Según cuenta John Seabrook en La fábrica de canciones: cómo se hacen los hits, Lee Soo-man llevó al estrellato a innumerables bandas jóvenes y, en el camino, publicó una biblia del marketing que explica en detalle cómo se crea un grupo pop exitoso, desde qué progresiones de acordes utilizar en cada país hasta el color exacto de sombra de ojos que un artista debe llevar según si está en China, Malasia o Japón. Atrás quedaron los tiempos en los que la mercadotecnia en la música popular estaba puesta al servicio de una pretendida espontaneidad. No podríamos decir si esto es mejor o peor. Por lo pronto, es más transparente: a esta fábrica sin chimeneas la conducen managers y al final del día lo que quedan son productos.
Los seis niveles del SM Town de Gangnam no son nada si los comparamos con otro edificio vecino, la Lotte World Tower. Inaugurada hace apenas dos meses, esta megatorre es el edificio más alto de Corea. Tiene 123 pisos (trece más que las Torres Gemelas) y un pico tipo Torre de Saurón que le da un aire siniestro. Lotte es uno de los chaebols o conglomerados coreanos más conocidos del país y, como tantas otras empresas en su tipo, tiene presencia en muchísimos sectores de la economía. Samsung, Hyundai o LG son también ejemplos de estos imperios familiares que crecieron al amparo del Estado y que hoy controlan buena parte de la producción en la península. En palabras de Park Jesong, investigador del Korean Labor Institute: “En Corea del Sur vos nacés en una maternidad que pertenece a un chaebol, vas a una escuela chaebol, recibís un sueldo chaebol -porque casi todas las pymes dependen de ellos- y hasta tu ocio será gestionado por un chaebol”.

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Todo pasa demasiado rápido. Hacia mediados del siglo pasado –luego de haber sufrido la ocupación japonesa y una sangrienta guerra civil– Corea del Sur era una zona pobre, reventada. Pero en las décadas siguientes, el país al sur del paralelo 38° se industrializó en tiempo récord a pura sangre, sudor y lágrimas y para mediados de los ‘90 ya había sacado carnet de miembro en la OCDE, el club de los países desarrollados.
En ese lapso, la capital, Seúl, se convirtió en una megápolis con todas las de la ley. No por nada una de las frases más escuchadas en distritos como Dongdaemun o Insadong es “pali pali” (rápido, rápido). Obtener un título, conseguir un buen trabajo, mantener a los padres cuando envejezcan: para un coreano, los mandatos sociales pesan como en casi ningún otro lado. Uno de ellos es la cosmética.
En Corea todos están obsesionados por la belleza. Todos. En las calles de Myeongdong, las vendedoras atacan al transeúnte con las últimas ofertas de máscaras faciales: lleve dos pague una, lleve seis pague cinco, lleve once pague diez. (Sus carteles fluorescentes se superponen con gigantografías del Papa Francisco y puestos callejeros de venta de medias de Hello Kitty: el kitsch modelo siglo XXI.) En la zona de compras de Dongdaemun, la sobreoferta de esencias, cremas de ojos, exfoliantes y limpiadores es un atentado al bolsillo. La compra, siempre al por mayor, termina en bolsitas con nombres de marcas en inglés aspiracional –mi favorita es la del shopping Good Morning City–, típico de los países que entraron al capitalismo a los 43 minutos del segundo tiempo.
Hay más. En marzo de este año, las jóvenes integrantes de un grupo de K-pop llamado Six Bombs lanzaron “Getting Pretty After”, un video mostrando el antes y después de sus cirugías estéticas. En 2006, el reconocido director coreano Kim Ki-duk estrenó El tiempo, sobre una chica que se opera al mango para gustarle a su novio. Ejemplos sobran.
Los hombres no se quedan atrás. Que un joven de estos pagos se compre cremas no es raro ni de metrosexual: los coreanos son considerados los hombres más lindos de Asia y es posible que se sientan en la obligación de mantener la punta del campeonato. A los que tenemos la piel más como la de Danny Trejo, toda esta situación nos pone un poco incómodos.
Un viaje corto en la línea ocre del subte de Seúl nos lleva a Digital Media City, un complejo hi-tech de 570 mil metros cuadrados plagado de edificios vidriados y espejados. Ubicado a siete kilómetros del centro, es un cluster audiovisual donde se alzan las oficinas de los principales conglomerados de medios y entretenimiento del país, una movida típica de la era post-industrial que ya ensayaron ciudades como Barcelona, Berlín y Helsinki.
Es sábado al mediodía y casi no hay empleados, lo que nos deja prácticamente solos en la explanada entre rascacielos. Mientras caminamos entre esculturas posmodernas (que de noche se iluminan con luces de led), pasamos frente a un Burger King, galerías de arte, un Domino’s Pizza, el Korean Film Archive, un 7-Eleven. De regreso al centro histórico, el mapa indica que estamos cerca de las torres uno y dos de Daewoo Trump World, los condominios marca Trump que el ahora presidente norteamericano vino a promocionar en 1999.
El capitalismo es como el blanco: combina con todo.

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A Kim, nuestra guía, le gusta que la llamen por el apellido. Tiene 32 años, pelo corto castaño y ojos chiquitos, y no está casada ni tiene novio. Para ella, la incomodidad de la situación es evidente.
“Siendo mujer, a esta edad ya sos vieja”, me cuenta en perfecto inglés mientras se sirve café en un hotel en Muju, ciudad turística ubicada dentro del Parque Nacional Deogyusan, a unos 180 kilómetros de la capital. “Ya hay quienes me dicen que me debería contratar servicios de matchmaking”.
Al sur de la península coreana, el tema no se aborda simplemente con sitios clásicos de búsqueda de pareja. La empresa Duo, por ejemplo, se enorgullece en conseguir 17 mil uniones por mes usando algoritmos que estudian cuestiones como la ocupación, el ingreso anual y el tipo de auto de los pretendientes. Como un Tinder con Veraz, se propone armar parejas apoyándose en las reglas de la gestión de riesgos financieros.
No todos están de acuerdo, en especial entre los millennials. “En Corea todo es: estudiá rápido, conseguí trabajo rápido, casate rápido. Y no todos queremos hacer eso”, me dice una coreana de 24 años que hace unos meses vive y trabaja en Argentina. Es una respuesta cada vez más común al mandato de sus padres y abuelos, que en medio siglo convirtieron un país pobre del tamaño de Catamarca en el quinto exportador mundial (con la ayuda del gobierno autoritario pero industrialista del militar Park Geun-hye) y que ahora esperan que las próximas generaciones imiten su sacrificio.
Lo cierto es que a varios coreanos jóvenes, sobre todo los que alguna vez viajaron, no les atrae –por no decir que les asusta– la idea de pasar sus años mozos trabajando 12 horas por día en un chaebol o en una multinacional. Ellos prefieren divertirse, conocer el mundo, bajarse un par de botellitas de soju en un norebang (la versión coreana del karaoke) o ir con sus parejas a poner candados del amor en las rejas de la Torre Namsan. Nada más alejado del “vive rápido y deja un bonito cadáver”, el mandato de época que baja desde las luces de neón de Seúl.